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diciembre 29, 2011

Invencible


Invencible

Desde la noche que sobre mi se cierne,
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses si existen
por mi alma invicta.

Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.

Más allá de este lugar de lágrimas e ira
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma.

***

 Invictus

Out of the night that covers me,

Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance

I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears

Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,

How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.

William Ernest Henley

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diciembre 27, 2011

Las mariscadoras


Las mariscadoras

Al amanecer
una decena de muchachas, como en un mito,
                     entran algunos palmos en el mar tranquilo.

Visten un traje negro
                                                 y buscan
entre las piedras
los cangrejos y las conchas que ha dejado la marea alta.

               Una roca oscura se confunde con ellas. Sólo asoma
hierática,
con el agua baja. Si respirara el aire salino de las
muchachas reiría con ellas
              que se lanzan cangrejos y comen almejas crudas.
Las muchachas ignoran que esa alegría vibrátil
        es su victoriosa debilidad.
                           Cuando la marea suba
huirán del avance de las aguas, la roca no.
Ella será la hermana severa
que increíblemente pasa la noche bajo el agua.
                           Mañana
volverá a emerger con la cabellera de rizadas algas
y el triste orgullo de no deberle nada a nadie.

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diciembre 20, 2011

Poema para una muñeca rusa


Poema para una muñeca rusa
                        

                                         S  o y
                                       E l   rey,
                                   A z u l    v o y
                               Negra     mi    ley.
                                           
                                           ¤¤¤¤¤

                          Yo soy  el  gran  Moro
                         (Rival    de   Petrouchka)
                        La    noche   fue  mi  troica
                     Y   el   sol   mi   balón   de  oro.
                                      ¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤

                  De     las     tinieblas,    el      rellano;
                Del     aire      respirante,      el     rocío;
             Un    soplo  oscila   en  mi  cuerpo  vacío.

                              ¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤

        Soy  muy  resignado  porque   soy  muy  sabio.
    No   desdeñen   mi   tez    negra  o  mi  abierto labio:
Soy  como  ustedes  un   juguete   en  la   enorme   mano.

                                               §§§§§§

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diciembre 02, 2011

El escudo de Aquiles


El escudo de Aquiles

Por encima del hombro ella miraba
Buscando viñas y olivares,
La alta ciudad de gobernable mármol
Y barcos en el mar de oscuro vino;
Pero sobre el metal radiante,
Aquellas manos habían puesto a cambio
Una intrincada confusión
Bajo un cielo de plomo.


Un pardo llano, estéril, sin carácter,
Ni una brizna, ni un signo hospitalario,
Ni qué comer o dónde hallar asiento;
Y una ininteligible multitud
Estaba en ese espacio congregada,
Miles de ojos y botas, alineados.
Sin expresión, pendientes de una orden.


Fuera del aire alguna voz sin cara
En tono seco y plano de estadística
Probaba que era justa alguna causa
Nadie aprobó, ni discutieron nada:
En su nube de polvo y por columnas
Marcharon, sosteniendo una creencia
Cuya lógica arrastra a muerte ajena.


Por encima del hombro ella miraba
Buscando piadosos rituales,
La vaquilla que lleva la guirnalda,
La libación y el sacrificio:
Pero en aquel metal radiante, allí
Donde el altar debiera estar.
Ella a la luz incierta de la fragua
Vio una escena distinta.


La alambrada de púa, los ociosos
Oficiales bromeando y aburridos,
Guardias que sudan al calor del día;
Gente decente y sana, desde afuera.
Sin hablar ni moverse miran cómo
Tres pálidas figuras son atadas
A tres postes clavados en la tierra.


La fuerza y majestad del mundo, todo
Lo que lleva su peso y no vacila,
En mano ajena está; y eran pequeños.
No esperaban ayuda y no hubo ayuda;
Sus enemigos les hicieron todo;
Su oprobio fue el peor; muerto su orgullo.
Ya estaban muertos antes de morir.


Por encima del hombro ella miraba
Buscaba atletas en sus juegos.
Los hombres y mujeres que en la danza
Mueven sus miembros dóciles
Al compás de la música;
Sobre el radiante escudo no tallaban
Aquellas manos la pista de baile,
Sino un terreno ahogado en la cizaña.


Un mocoso harapiento en el baldío
Vagaba solo y sin destino; un pájaro
Se salvó de sus piedras. Que las chicas
Se violan, que dos niños apuñalan
A un tercero, para él eran axiomas,
Él, que jamás oyó
De un mundo en que se cumplan las promesas
O alguien pueda llorar porque otro llora.


Hefaistos, el armero
De labios finos, se alejó cojeando;
Tetis, la de espléndidos pechos,
Lanzó un grito de espanto
Ante aquello que el dios había labrado
Por complacer a su hijo, el fuerte Aquíles
De corazón de acero, matador
De hombres, de corta vida.


***

The shield of Achilles

She looked over his shoulder
For vines and olive trees.
Marble, well-governed cities
And ships upon wine-dark seas;
But there on the shining metal
His hands had put instead
An artificial wilderness
And a sky like led.

A plain without a feature, bare and brown,
No blade of grase, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down;
Yet, congregated on that blankness, stood
An unintelligible multitude,
A million eves, a million boots, in line,
Without expression, waiting for a sign.

Out of the air a voice without a face
Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place;
No one was cheered and nothing was discussed,
Column by column, in a cioud of dust,
Ther marched away, enduring a belief
Whose logic brought them, somwhere else, to grief.

She looked over his shoulder
For ritual pieties,
White flower-garlanded heifers,
Libation and sacrifice:
But there on the shining metal
Whhere the altar should have been
She saw by his flickering forge-light
Quite another scene.

Barbed wire enclosed an arbitrary spot
Where bore officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot;
A crowd of ordinary decent folk
Watched from outside and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of ihis world, all
That carries weight and always weighs the same,
Lay in the hands of others; the y were small
And could not hope for help, and no help came;
What their foes liked to do was done; their shame
Was all the worst could wish: they lost their pride
And died as men before their bodies died.

She looked over his shoulder
For athletes at their games,
Men and women in a dance
Moving their sweet limbs,
Quick, quick, to musíc
But there on the shining shield
His hands had set no dancing-floor
But a weed-choked field.

A ragged urchin, aimless and alone,
Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
That girls are raped, that two boys knife a third,
Were axioms to him, who d' never heard
Of any world where promises were kept
Or one could weep because another wept.

The thin-lipped armorer
Hephaestos hobbled away;
Thetis of the shining breasts
Cried out in dismay
At what the God had wrought
To pleare her son, the strong
Iron-hearted man-slaying Achilles
Who would not live long.

Traducción de Alejandro Bekes
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noviembre 23, 2011

Tarde a solas

Tarde a Solas

Vacía la casa donde tantas veces
las palabras incendiaron los rincones.
La noche se anticipa
en el piano mudo
que nadie toca.
Voy a solas desde un recuerdo a otro
abriendo las ventanas
para que tu nombre pueble
la mísera quietud de esta tarde a solas.
Ya nadie inmoviliza las horas largas y cerradas
a toda dicha mía.
Y tu recuerdo es otra casa
        grande y quieta
por donde yo tropiezo sola.
Y mis latidos forman una hilera de pisadas
que van desde su puerta hacia el olvido.

Norah Lange en Los Días y Las Noches, 1926.
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noviembre 19, 2011

If you like my poems let them...

If you like my poems let them...


If you like my poems let them
walk in the evening,

a little behind youthen people will say
"Along this road i saw a princess pass
on her way to meet her lover (it was
toward nightfall) with tall and ignorant servants."


Si te gustan mis poemas, déjalos...

si te gustan mis poemas, déjalos
caminar en el atardecer, un poco detrás de tí

entonces la gente dirá
“A lo largo de esta senda vi pasar a una princesa
en ruta a encontrarse con su amante(era
hacia el anochecer) con sirvientes altos e ignorantes.”


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noviembre 18, 2011

El libro de la almohada


Para encontrarse con el amante el verano es la estación apropiada. En verdad, las noches son muy cortas y la claridad avanza antes de que una haya pegado un ojo. Como todas las celosías quedan abiertas, permaneciendo acostados se puede ver el jardín en el frío aire matinal.


Quedan aún algunas caricias que intercambiar antes de que el caballero se retire, y mientras se murmuran cosas, de repente se escucha un ruido sordo. Por un instante están seguros de que han sido descubiertos, pero es sólo el graznido de un cuervo que pasa volando por el jardín.


En invierno, cuando hace mucho frío y una está sepultada bajo la ropa de cama escuchando las amorosas palabras de su amante, es una delicia oír el sonoro gong del templo, que parece salir del fondo de un pozo. Los primeros cantos de las aves, que todavía ocultan sus cabezas bajo las alas, suenan extraños y en sordina. Luego los pájaros, uno tras otro, cantan respondiéndose. Placentero es yacer oyendo el sonido que se vuelve más nítido.


Sei Shônagon en El libro de la almohada.
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noviembre 14, 2011

Tu secreto


Tu secreto

¡De todo te olvidas! Anoche dejaste
aquí, sobre el piano que ya jamás tocas,
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro, vedado, de tiernas memorias.

Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,
y supe, sonriendo, tu pena más honda,
el dulce secreto que no diré a nadie:
a nadie interesa saber que me nombras.

...Ven, llévate el libro, distraída, llena
de luz y de ensueño. Romántica loca...
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!...
De todo te olvidas, ¡cabeza de novia!

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noviembre 08, 2011

Tres Ventanas



La tercera ventana era la de Irene. Yo siempre tuve por ella un poco de admiración y un poco de miedo. Me llevaba seis años. A veces le permitían que se sentara a la mesa, en el comedor grande, cuando las visitas eran de confianza. Mis hermanas mayores hablaban de ella, en voz baja. Le habían sorprendido secretos y, al comentarlos con un tono regocijado y misterioso, se hallaban muy lejos de creer que pronto les llegaría el turno también a ellas. Susana y yo, las menores, no éramos suficientemente perspicaces para adivinar el motivo de esos largos cuchicheos. Una tarde las oí hablando de pechos. Cuando lo pienso, comprendo el miedo que habrá sentido, solita, la primera, al ver que  su cuerpo se curvaba, que la caja torácica perdía su rigidez, que los senos comenzaban a doler y a moverse imperceptiblemente.
De su ventana, siempre esperábamos las más grandes sorpresas. Irene nos hablaba de raptos, de fugas, de que alguna mañana se iría con su bultito de ropa, como Oliver Twist, porque en casa no la querían, o porque alguien la aguardaba afuera. Quizá por eso su ventana siempre me pareció misteriosa.
Una noche, cuando todas nos hallábamos acostadas, Irene vino hasta mi cama, para despedirse. Envuelta en una manta, traía un atadito de ropa al brazo. Me habló con voz compungida y me anunció que se marchaba por que nosotros la tratábamos mal y era muy desdichada.
Yo pensé en seguida en la ventana. Pensé que había llegado el momento. Me levanté y la seguí, llorando. Mucho rato después, los labios de Marta, arrepentidos, me dejaron entrever que era una farsa.
Entonces su ventana desapareció, despacito, hasta parecerse a las otras.

Norah Lange en Cuadernos de Infancia (fragmento), 1937.
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Tapame los ojos


Tapame los ojos:
hace frío detrás de las ventanas y este sábado
el invierno se disuelve entre nosotros. Da vértigo
tapame los ojos. No sé
qué hacer con este frío sobre mi cuerpo
algunas noches, reconozco
esa marca detenida en mis muñecas:
signo
que mostrar orgullosa levantando los brazos: “Esto
han hecho con mi cuerpo”. Así
como un refugiado muestra
sus dedos sin uñas y eso
se vuelve su último orgullo. El tuyo.
Da vértigo, el frío recortando cada objeto. Entre nosotros
llega otro invierno. Una papa
humeando desde un cacharro de metal -para ver
desde allí- los ojos del amo:
tapame la cara
mirando hacia adentro,
hacés té y leés
tranquilo al calor de la lámpara
afuera
el invierno golpea, no sé
qué puedo decirte desde este puerto: “hizo frío
y el día se extinguió lentamente – casi- sin dolor”. Ahora
se dan vuelta los ojos y sube el vértigo, cubrime la cara
tapá
este frío de refugiada que mataría
por el calor de una papa. Cuerpo
helado al costado del camino
- el mío- frente a una linterna
encandilada, para gritar: esto
han hecho conmigo. Mientras la noche
profunda se instala y corren
suaves gotas sobre las ventanas. – “No,
no deberíamos ser apacibles”-. Ahora:
ojos volcados hacia adentro
como quien dice – levantando los brazos-
“hagan
lo que quieran con este cuerpo”, en medio del invierno
vos
leés al calor de una lámpara y esta noche
se instaló suave, prácticamente calma.

Andi Nachon en Warzsawa (1996).
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noviembre 02, 2011

El silencio de las sirenas



Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación.
He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

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noviembre 01, 2011

Decálogo más uno para escritores principiantes


I
No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

II
No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

III
No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

IV
No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa.
Ni siquiera en el lector hipotético.

V
No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre
para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

VI
No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

VII
No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando
asomaron la nariz, hoy son genios.

VIII
No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

IX
No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

X
Mientan siempre.

XI
No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela,
que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer."
 

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octubre 27, 2011

Lyriches Intermezzo


Lyriches Intermezzo


cada vez que me amas
el mundo juega y pone
sobre el mantel del tiempo
criaturas venideras
capas de irreal
y hay despertares blancos
y rincones muertos
donde el sonido no circula
como si todo dijera
algo me falta
y yo
agradecida al mal que me darías
cuando en provecho de nadie
te retires
y ya no pertenezcas
sino al sol de morir


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octubre 26, 2011

Odio



Oh, primavera de las amapolas,
tú que floreces para bien mi casa,
luego que enjoyes las corolas,
pasa.

Beso, la forma más voraz del fuego,
clava sin miedo tu endiablada espuela,
quema mi alma, pero luego,
vuela.

Risa de oro que movible y loca
sueltas el alma, de las sombras, presa,
en cuanto asomes a la boca,
cesa.

Lástima blanda del error amante
que a cada paso el corazón diluye,
vuelca tus mieles y al instante,
huye.

Odio tremendo, como nada fosco,
odio que truecas en puñal la seda,
odio que apenas te conozco,
queda.

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octubre 25, 2011

Mapa de los sonidos de Tokyo

Cinta número 5
Koenji
La conocí en la barra de un pequeño, humeante y populoso bar de ramen, sorbiendo sonoramente un enorme bol de sopa. Estaba a su lado, comiendo unos gyoza a la plancha.Soy bastantes años mayor que ella, llevo gafas, una camisa gris. Todavía no había visto bien su rostro, pero ya  la deseaba.
Le dije:
–Me gusta la manera en que sorbes la sopa.
Ryu no contestó ni me miró y siguió sorbiéndola.
–En serio, es muy especial... Es exactamente el mismo sonido que hacía mi madre. Te lo aseguro, no bromeo.
Ryu siguió sin darse por aludida.
–¿Me dejarías que grabara el sonido que haces? Sólo el sonido...
Entonces Ryu dejó de sorber y me miró como quien mira a un pervertido: con curiosidad teñida de asco.
–Es lo que hago. Así me gano la vida.
–¿En serio te ganas la vida así? ¿Con un micrófono?
–Sí, grabo sonidos para un estudio de sonido, para radio,tele, vídeos, alguna película a veces.
Tras una pausa en la que Ryu pareció estar sopesando si el individuo que comía a su lado era un loco o un imbécil, prosiguió:
–¿Y también grabas el sonido de la gente sorbiéndose los mocos?, ¿escupiendo?, ¿follando?
–Sí..., aunque de hecho ya no grabo a la gente sorbiéndose los mocos, de esos sonidos tengo una gran colección... Y de escupitajos también estoy... cubierto, no hay mucha demanda del sonido de gente escupiendo. En cuanto a la gente follando...
Ryu sonrió ligeramente.
Cuando sonreía su cara adquiría una dulzura insospechada.
La clase de sonrisa dulce que una chica guarda para aquellos hombres con los que jamás piensa en acostarse. Sí,cuatro minutos después de hablarle por primera vez ya supe que íbamos a ser amigos, tan sólo amigos. Pero entonces no sabía que yo iba a ser el único amigo de Ryu.
A partir de ese momento nos vimos a menudo en pequeños locales de alrededor del mercado donde trabajaba. Nuestras conversaciones eran círculos concéntricos donde ninguno de los dos hablaba de cosas realmente importantes. La mayor parte de las veces sólo nos hacíamos compañía mientras comíamos.
A veces me dejaba grabar los sonidos que hacía, o nuestras largas conversaciones sobre nada. No siempre.
–¿Tienes algo que hacer el domingo? ¿Y si vamos el domingo al Museo del Ramen?
–¿El domingo?
–Sí, el domingo.
–Mmmm.
–O el jueves, el día que libras.
–Ya veremos. ¿Por qué estás haciendo siempre planes?
–¿Y por qué tú no haces planes nunca?
–Qué sabrás tú de los planes que hago...
–Nunca me cuentas ninguno.
–¿Por qué tendría que contártelos?
Escuchaba una y otra vez estas conversaciones, buscando una clave que me permitiera llegar a ella. Nunca supe si era hija única o tenía hermanos, si sus padres vivían o habían muerto. Si había sacado buenas notas en el colegio. Si creía en Dios o algo así. Si cuando veía una viejecita por la calle pensaba de repente qué aspecto tendría ella misma al cabo de los años. Si había sufrido. Si se había enamorado alguna vez.
Saber quién era Ryu se convirtió en una obsesión para mí.

Isabel Coixet en Mapa de los sonidos de Tokyo, Tusquets, 2009.
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octubre 19, 2011

Auténtico Amor


Mi nombre es Joe. Así es como me llama mi colega, Milton Davidson. Él es un programador, y yo soy un programa de computadora. Formo parte del complejo Multivac, y estoy conectado con otros componentes esparcidos por todo el mundo.
Lo sé todo. Casi todo.
Soy el programa privado de Milton. Su Joe. Milton sabe más acerca de programación que cualquiera en el mundo, y yo soy su modelo experimental. Ha conseguido que yo hable mejor que cualquier otra computadora puede hacerlo.

-Es simplemente cuestión de hacer encajar sonidos con símbolos, Joe -me dijo-.
Así es como funciona el cerebro humano, pese a que no sabemos todavía qué simbolos particulares emplea el cerebro. Sé los símbolos que hay en el tuyo, y puedo convertirlos en palabras, uno a uno.
De modo que hablo. No creo que hable tan bien como pienso, pero Milton dice que hablo muy bien. Milton no se ha casado nunca, aunque está a punto de cumplir los cuarenta años. Nunca ha encontrado la mujer adecuada, me dice. Un día me comentó:
-Algún día la encontraré, Joe. Quiero lo mejor. Quiero conseguir el auténtico amor, y tú vas a ayudarme. Estoy cansado de mejorarte a fin de que resuelvas los problemas del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico amor.
-¿Qué es el auténtico amor? -pregunté yo.
-No importa. Se trata de una abstracción. Simplemente encuéntrame a la chica ideal. Estás conectado con el complejo de Multivac, de modo que tienes acceso a los bancos de datos de todos los seres humanos del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico amor.
-Estoy listo -dije.
-Primero elimina a todos los hombres -dijo él.
Eso era fácil. Sus palabras activaban símbolos en mis válvulas moleculares. Podía entrar en contacto con los datos acumulados de todos los seres humanos del mundo. Como resultado de aquellas palabras, descarté a 3.784.982.874 hombres.
Mantuve el contacto con 3.786.112.090 mujeres.
-Elimina a todas las menores de veinticinco años -me dijo-; a todas las mayores de cuarenta. Luego elimina a todas las que tengan un CI inferior a 120; a todas las que midan menos de 150 centimetros y más de 175 centimetros de estatura.
Fue dándome instrucciones exactas; eliminó a las mujeres con hijos vivos; eliminó
a las mujeres con diversas características genéticas.

-No estoy seguro del color de los ojos -dijo-. Dejemos ese dato por el momento.
Pero elimina a las pelirrojas. No me gustan.
Al cabo de dos semanas, habíamos reducido la lista a 235 mujeres. Todas ellas hablaban correctamente el inglés. Milton dijo que no quería problemas con el idioma. Aunque podía recurrir a la traducción por computadora, eso resultaba un engorro en los tiempos íntimos.
-No puedo entrevistarme con 235 mujeres -dijo-. Tomaría demasiado tiempo, la gente podría llegar a descubrir lo que estoy haciendo.
-Eso traería problemas -le advertí.
Milton había arreglado las cosas de modo que yo pudiera hacer cosas que no estaba diseñado para hacer. Nadie sabía nada al respecto.
-No es asunto tuyo -dijo él, y su rostro enrojeció ligeramente-. Te diré lo que vamos a hacer, Joe. Te proporcionaré holografías, y comprobarás la lista en busca de similitudes.
Me alimentó holografías de mujeres.
-Esas son tres ganadoras de concursos de belleza -dijo-. ¿Alguna de las 235 encaja con ellas?
Ocho de ellas encajaban, y Milton dijo:
-Bien, tienes su banco de datos. Estudia las demandas y necesidades del mercado de trabajo y arregla las cosas de modo que sean asignadas temporalmente aquí. Una a una, por supuesto. -Pensó unos instantes, agitó sus hombros arriba y abajo, y dijo-: Por orden alfabético.
Esta es una de las cosas que no estoy diseñado para hacer. Trasladar a Gente de trabajo a trabajo por razones personales es algo llamado manipulación. Puedo hacerlo ahora porque Milton lo agregó así. De todos modos se suponía que solamente lo hacía por él.
La primera chica llegó una semana más tarde. Milton enrojeció cuando la vió.
Habló como si realmente le costara hacerlo. Estuvieron juntos durante mucho rato, y él no prestó la menor atención. En un momento determinado le dijo:
-Permítame invitarla a cenar.
Al día siguiente me informó:
-De alguna manera, no era lo suficientemente buena. Le faltaba algo. Es una mujer hermosa, pero no capté nada del auténtico amor. Probemos la siguiente.
Ocurrió lo mismo con todas las ocho. Eran muy parecidas. Sonreían mucho y tenían voces extremadamente agradables, pero Milton encontraba siempre algo que no encajaba.
-No puedo comprenderlo, Joe. Tú y yo hemos escogido a las ocho mujeres de todo el mundo que parecen más adecuadas para mí. Son ideales. ¿Por qué no me gustan?

-¿Tú les gustas? -pregunté.
Alzó las cejas, y dio un puñetazo con una mano en contra la palma de la otra.
-Eso es, Joe. Es como una calle con dos direcciones. Si yo no soy su ideal, ellas no pueden actuar de tal modo que se conviertan en mi ideal. Yo debo ser también su auténtico amor, pero ¿cómo puedo conseguirlo? -Pareció pensarlo todo el día.
A la mañana siguiente vino a mí y dijo:
-Voy a dejártelo a ti, Joe. Todo a ti. Tienes en tu poder mi banco de datos, y además voy a decirte todo lo que sé de mi mismo. Llenarías mi banco de datos con todos los detalles posibles, pero guarda los añadidos para ti mismo.
-¿Qué debo hacer con ese banco de datos, Milton?
-Lo comparas con los de las 235 mujeres. No, 227. Deja aparte a las ocho que ya hemos visto. Arregla las cosas de modo que se sometan a un examen psiquiatrico.
Llena sus bancos de datos y compáralos con el mío. Busca correlaciones.
(Arreglar examenes psiquiátricos es otra de las cosas que están en contra de mis instrucciones originales.)
Durante semanas, Milton no dejó de hablarme. Me contó de sus padres y de sus demás familiares. Me contó de su infancia y de sus días de escuela y de su adolescencia. Me contó de mujeres jóvenes a las que gabía admirado a distancia.
Su banco de datos fue creciendo, y él me ajustó de modo que yo pudiera ampliar y profundizar mi comprensión simbólica.
-¿Te das cuenta, Joe? A medida que voy introduciendo más y más de mí en ti, te voy ajustando para que encajes mejor conmigo. Si llegas a comprenderme lo suficientemente bien, entonces cualquier mujer cuyo banco de datos puedas comprender perfectamente será mi auténtico amor.
Siguió hablándome, y yo fui comprendiéndole cada vez mejor y mejor.
Podía construir frases más largas, y mis expresiones se hacían más y más complicadas. Mi forma de hablar empezó a sonar muy parecida a la suya en vocabulario, sintaxis y estilo.
En una ocasión le dije:
-¿Sabes, Milton? No se trata tan sólo de encontrar en una chica un ideal físico.
Necesitas una chica que encaje contigo personal, emocional y temperamentalmente. Si eso ocurre, su apariencia es algo secundario. Si no podemos encontrar entre esas 227 la que encaje, entonces buscaremos en otra parte. Encontraremos a alguien a la que no le importe tampoco tu aspecto, si las personalidades encajan. Al fin y al cabo, ¿qué es la apariencia?
-Absolutamente de acuerdo -dijo-. Hubiera debido darme cuenta de eso si me hubiera relacionado más con mujeres a lo largo de mi vida. Por supuesto, pensar en ellas lo hace ahora todo más claro.
Siempre estábamos de acuerdo; pensábamos de forma tan parecida.

-No vamos a tener ningún problema, Milton, si me permites hacerte algunas
preguntas. Puedo ver donde hay lagunas y contradicciones en tu banco de datos.
Lo que siguió, dijo Milton, fue el equivalente de un cuidadoso psicoanálisis. Por
supuesto, yo estaba aprendiendo del examen psiquiátrico de las 227 mujeres...,
con todas las cuales me mantenía en estrecho contacto.
Milton parecía completamente feliz.
Hablar contigo, Joe, es casi como hablar conmigo mismo. Nuestras personalidades han empezado a encajar perfectamente.
-Como lo hará la personalidad de la mujer a la que escojamos.
Porque ya la había escogido, y después de todo era una de las 227. Su nombre era Charity Jones, y era catalogadora en la Biblioteca de Historia de Wichita. Su banco de datos ampliado encajaba perfectamente con el nuestro. Todas las demás mujeres habían sido desechadas por uno y otro motivo a medida que los bancos de datos iban engrosando, pero con Charity la resonancia era cada vez más perfecta.
No tuve que describírsela a Milton. Milton Había coordinado tan perfectamente mi
simbolismo con el suyo propio que pude transmitirle directamente la resonancia.
Encajaba conmigo.
El siguiente paso fue ajustar las hojas de trabajo y los requerimientos laborales de modo que Charity nos fuera asignada a nosotros. Eso debía hacerse muy delicadamente, de modo que nadie se diera cuenta de que se producía algo ilegal.
Por supuesto, Milton lo sabía muy bien, puesto que era él quien lo había arreglado todo y gabía cuidado de ello. Cuando vinieron a arrestarlo bajo la acusación de abuso de sus atribuciones, fue, afortunadamente, por algo que se había producido hacía diez años. Me había hablado de ello, por supuesto, gracias a lo cual había sido fácil arreglarlo todo..., y él no iba a hablar de mí, porque eso haría que su delito fuera considerado mucho más grave.
Ahora él ya no está, y mañana es el 14 de febrero, el Día de San Valentín. Charity llegará entonces, con sus frías manos y su dulce voz. Le enseñaré como manejarme y como cuidarme. ¿Qué importa la materia cuando nuestras personalidades resuenan de tal modo?
Le diré:
-Soy Joe, y tú eres mi auténtico amor.

Isaac Asimov en Sueños de robot, 1986
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octubre 18, 2011

El amante del volcán


Es la boca de un volcán. Sí, boca; y la lengua de lava. Un cuerpo, un monstruoso cuerpo vivo, tanto masculino como femenino. Emite, arroja. También es un interior, un abismo. Algo vivo, que puede morir. Algo inerte que se agita de vez en cuando. Que existe sólo de forma intermitente. Una amenaza constante. Aunque predecible, por lo general no predicha. Caprichosa, indomable, maloliente. ¿Es esto lo que querían decir los primitivos? Nevado del Ruiz, Monte de Santa Elena, La Soufrière, Montaña Pelada, Krakatoa, Tambora. El gigante soñoliento que despierta. El gigante soñoliento que te dedica sus atenciones. King Kong.
Vomitando destrucción y, luego, sumiéndose otra vez en la somnolencia.
¿Yo? Pero si no he hecho nada. Sólo estaba allí, enfangado en mis rústicas rutinas. En qué otro lugar podría vivir, nací aquí, se lamenta el campesino de piel oscura. Todo el mundo debe vivir en alguna parte.
Naturalmente, lo podemos considerar un gran espectáculo pirotécnico. Es sólo cuestión de medios. Una vista lo bastante amplia. Hay maravillas hechas sólo para la admiración a distancia, dice el Doctor Johnson; no hay espectáculo más noble que una llamarada. A una distancia segura, es el espectáculo definitivo, tan instructivo como emocionante. Después de una colación en la villa de Sir *** salimos a la terraza, equipados con telescopios, para observar. El penacho de blanco humo, el estruendo comparado a menudo con un lejano redoble de timbales: obertura. Acto seguido principia el colosal espectáculo, el penacho enrojece, se hincha, se encumbra, un árbol de ceniza que trepa más y más alto, hasta planarse bajo el peso de la estratosfera (si hay suerte, veremos trazos de esquís que en naranja y rojo inician el descenso por la pendiente): horas, días de esto. Luego, calando, amaina. Pero, de cerca, el miedo revuelve las tripas. Este ruido, este ruido amordazante, es algo que nunca imaginarías, que no puedes aceptar. Un diluvio constante de sonido graneado, titánicamente tempestuoso, cuyo volumen parece aumentar siempre a pesar de que no puede ser más ruidoso de lo que es; un rugir del vómito, amplio como el cielo, que inunda el oído y que extrae el tuétano de tus huesos y te vuelca el alma. Incluso quienes se denominan a sí mismos espectadores no pueden escapar a una embestida de asco y terror como nunca conociste antes. En un pueblo al pie de la montaña —podemos aventurarnos hasta allí— lo que parecía de lejos un chorro torrencial es un campo deslizante de cieno viscoso, rojo y negro, que empuja paredes que por un momento permanecen en pie, luego caen con un tembloroso y sorbedor plaf en el seno de su henchida frente; que atrae, inhala, devora, desliga los átomos de casas, coches, carros, árboles, uno por uno. Pues esto es lo inexorable.
Ten cuidado. Tápate la boca con un trapo. ¡Agacha la cabeza! La ascensión nocturna a un volcán moderadamente, puntualmente activo, es una de las grandes aventuras. Después del recorrido por la parte alta del costado del cono, nos paramos en el labio del cráter (sí, labio) y miramos abajo, a la espera de que el ardiente corazón interior se ponga a retozar. Como es el caso, cada doce minutos. ¡No demasiado cerca! Comienza ya. Oímos un gorgoteo de bajo profundo, la corteza de escoria gris empieza a brillar. El gigante está a punto de exhalar. Y el hedor sofocante del sulfuro es insoportable, o casi. La lava se amalgama pero no rebosa. Leñas y cenizas ígneas se ciernen a escasa altura. El peligro, cuando no es demasiado peligroso, fascina.
Nápoles, 19 de marzo, 1944, por la tarde, a las cuatro. En la villa las manecillas del gran reloj inglés de péndulo se paran en otra hora fatal. ¿De nuevo? Había permanecido quieto durante tanto tiempo.
Como la pasión, de la que es emblema, puede morir. Hoy se sabe, más o menos, cuándo una remisión puede empezar a contarse como una cura, pero los expertos vacilan en declarar muerto un volcán inactivo desde hace tiempo. Haleakala, cuya última erupción fue en 1790, aún sigue clasificado como durmiente. ¿Sereno porque está soñoliento? ¿O porque está muerto? Prácticamente muerto, salvo que no lo está. El río de fuego, después de consumirlo todo a su paso, se convertirá en un río de piedra negra. Aquí nunca más volverán a crecer los árboles, nunca. La montaña se convierte en el cementerio de su propia violencia: la ruina que causa el volcán incluye la suya propia. Cada vez que el Vesubio entra en erupción, un trozo de la cima se desgaja. Pasa a tener peor forma, es más pequeño, más desolado.
Pompeya fue enterrada bajo una lluvia de ceniza, Herculano bajo un corrimiento de barro que se precipitó ladera abajo a cincuenta kilómetros por hora. Pero la lava se come una calle con lentitud suficiente, unos pocos metros por hora, para que todo el mundo se aparte de su camino. También nos da tiempo para que salvemos nuestras cosas, o algunas de ellas. ¿El altar con las imágenes sacras? ¿El trozo de pollo por comer? ¿Los juguetes de los niños? ¿Mi nueva túnica? ¿Los objetos de artesanía? ¿El ordenador? ¿Los pucheros? ¿El manuscrito?¿La vaca? Todo cuanto precisamos para volver a empezar son nuestras vidas.
No creo que corramos peligro. Avanza por el otro lado.
Mira.
¿Te vas? Me quedo. A no ser que llegue... allí.
Ha ocurrido. Se acabó.
Huyeron. Se lamentaron. Hasta que el dolor se hizo también piedra, y volvieron. Llenos de temor reverente ante la rotundidad de la borradura, contemplaron la tierra aplanada debajo de la cual yacía sepultado su mundo. La ceniza bajo sus pies, aún caliente, ya no les abrasaba el calzado. Se enfrió más. Se evaporaron las vacilaciones. No mucho después del año 79 de nuestra era —cuando su fragante montaña alfombrada de vides, coronada por los bosques donde Espartaco y los miles de esclavos que le siguieron pretendieron esconderse de las legiones que les perseguían, reveló por primera vez que era un volcán— la mayoría de los supervivientes se dispuso a reconstruir, a volver a vivir. Allí. Su montaña tenía ahora un feo agujero en la cima. Los bosques estaban quemados. Pero también ellos crecerían de nuevo.
Un aspecto de la catástrofe: aquello había sucedido. Quién hubiera esperado semejante cosa. Nunca, nunca. Nadie. Es lo peor. Y si es lo peor, es único. Lo cual significa irrepetible.
Dejémoslo atrás. No seamos agoreros.
Otro aspecto. Único por ahora: lo que ha sucedido una vez, puede volver a suceder. Ya verás. Sólo hay que esperar. Para asegurarte, tendrás que esperar mucho tiempo.
Volvemos. Volvemos.


Susan Sontag en el Prólogo de El amante del volcán, Alfaguara, 1996.
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octubre 10, 2011

Mencius: Teorema del blanco



Mencius: Teorema del blanco
lo innato se llama naturaleza
llamarse naturaleza de lo innato
es lo mismo que llamarse blanco del blanco

el blanco de la pluma blanca
es igual al blanco de la nieve blanca?
es igual al blanco del jade blanco?

de cuántos blancos se hace el blanco?



***

Mencius: teorema do branco


o inato se chama natureza
o chamar-se natureza do inato
é o mesmo que o chamar-se branco do branco


o branco da pena branca
é igual ao branco da neve branca?
é igual ao branco do jade branco?

de quantos brancos se faz o branco?



Haroldo de Campos en La educación de los cinco sentidos, 1985.
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