Recent Posts

agosto 27, 2011

Un arte




Un arte

El arte de perder no es un arte difícil;
tantas cosas parecen colmadas de un propósito
de pérdida que cuando se pierden no es muy trágico.

Pierdan a diario algo. Acepten la molestia
de extraviar el llavero, la pérdida de tiempo.
El arte de perder no es un arte difícil.

Practiquen perder, luego, más cosas y más rápido:
lugares, nombres, dónde era que estaban yendo.
Ninguna de estas cosas es demasiado trágica.

Perdí el reloj materno. Y miren, se me ha ido
la última,o penúltima, casa que tanto amaba.
El arte de perder no es un arte difícil.

Dos hermosas ciudades, perdí. Y algunos reinos
que poseía, dos ríos y un continente.
Y aunque, sí, los extraño, no fue una cosa trágica.

Incluso tras perderte (la voz mordaz, un gesto
que amo) no habré dicho una mentira. Es obvio
que el arte de perder no es cosa muy difícil
aunque parezca a veces (¡anoten!) algo trágico.

***


One art


The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.


--Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.



Elizabeth Bishop
Traducción: Ezequiel Zaidenwerg



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 24, 2011

Laberinto



Laberinto

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.

No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino

como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña

de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.

Jorge Luis Borges en Elogio de la sombra.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 19, 2011

Paisaje






Paisaje


¿No está claro que las camas de musgo,
a excepción de no tener lenguas, podrían dar charlas
todo el día, si quisieran, acerca
de la paciencia espiritual? ¿No está claro
que los cedros negros junto al camino están parados
como si fuesen las flores más frágiles?
Cada mañana camino por aquí
hacia la laguna, pensando: si las puertas de mi corazón
se cierran alguna vez, me doy por muerta.
Cada mañana, hasta el momento, he estado viva. Y ahora
los cuervos se rompen del resto de la oscuridad
e irrumpen en el cielo, como si
durante toda la noche hubiesen meditado
lo que les gustaría que fuese su vida, y hubiesen imaginado
sus fuertes y densas alas.


***


Landscape


Isn't it plain the sheets of moss, except that
they have no tongues, could lecture
all day if they wanted about
spiritual patience? Isn't it clear
the black oaks along the path are standing
as though they were the most fragile of flowers?
Every morning I walk like this around
the pond, thinking: if the doors of my heart
ever close, I am as good as dead.
Every morning, so far, I'm alive. And now
the crows break off from the rest of the darkness
and burst up into the sky—as though
all night they had thought of what they would like
their lives to be, and imagined
their strong, thick wings.




Traducido por Alicia Torres
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 18, 2011

Los lirios blancos


Los lirios blancos

Como un hombre y una mujer construyen
un jardín entre los dos como
un lecho de estrellas, aquí
se demoran en el atardecer estival
y la tarde se enfría
con su terror: todo
podría acabar, la devastación
es posible. Todo, todo
puede perderse, por el aire perfumado
las estrechas columnas
se alzan para nada, y más allá,
un mar revuelto de amapolas—

Silencio, amado. No importa
cuántos veranos tenga que vivir para volver:
en éste entramos en la eternidad.
Sentí que tus manos
me enterraban para liberar mi esplendor.

***
The White Lilies

As a man and woman make
a garden between them like
a bed of stars, here
they linger in the summer evening
and the evening turns
cold with their terror: it
could all end, it is capable
of devastation. All, all
can be lost, through scented air
the narrow columns
uselessly rising, and beyond,
a churning sea of poppies—

Hush, beloved. It doesn't matter to me
how many summers I live to return:
this one summer we have entered eternity.
I felt your two hands
bury me to release its splendor.
 
Louise Glück en The Wild Iris, 1992.
Traducción de María Negroni.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 13, 2011

El mal fotógrafo






Recuerdo a mi padre alejarse del grupo donde se servía limonada. En las playas o los jardines, siempre tenía algún motivo para apartarse de nosotros, como si los niños causáramos insolación y tuviese que buscar sombra en otra parte.
Puedo ver su cara recortada en el quicio de una puerta, fumando con desgano, con la rutina parda del adicto que hace mucho dejó de disfrutar el vicio. Nunca se quitaba la corbata. Para él las vacaciones eran el momento en que se manchaba la corbata y no le importaba. Sólo se ponía otra al volver al trabajo.
Supongo que nunca se adaptó a nosotros. Nos tomaba en cuenta con la calmosa dedicación con que alguien deja caer gotas azules en un acuario.
También el verdadero sol lo molestaba. Le sacaba pecas en los antebrazos, cubiertos de vellos rojizos. No era un hombre de intemperie. Lo único que disfrutaba de las vacaciones era el trayecto, las muchas horas a bordo del coche. Entonces cantaba una canción sobre un caballo de carreras. Aunque el caballo perdía siempre, su voz sonaba feliz y libre. Una voz hecha para el camino.
Distanciarse estaba en su carácter. Nunca lo vimos tomar una fotografía, pero las fotos que encontramos muchos años después deben ser suyas. Estuvo suficientemente cerca y suficientemente lejos de nosotros para retratarnos. Lo imagino con una de esas cámaras que se colgaban del hombro y tenían estuche de cuero.
Las fotos recogen jardines olvidados y casas donde tal vez dormimos una noche, en camino a otra parte. Entonces éramos más rubios, más blancos, más antiguos. Una época pálida, antes de que la fotografía a color se volviera enfática. A mi padre le iban bien esos tonos indecisos, donde un coche azul parecía más gris de lo que era.
Nadie guardó las fotos en un álbum, tal vez porque eran malas, tal vez porque pertenecían a una época que se volvió complicado recordar.
En las tomas aparecen objetos que sólo a mi padre le hubiera interesado retratar. Las bancas, los postes de luz, los tejados, los coches –sobre todo los coches- sobreviven mejor que nosotros. Ciertas fotos oblicuas o movidas parecen tomadas desde un auto en movimiento.
El dato final y decisivo para asociarlas con mi padre es que después no hubo otras. Una tarde subió a su Studebacker y no volvimos a saber de él.
Las fotografías aparecieron en un desván, dentro de una maleta con correas, estampada con nombres de hoteles a los que no fuimos nosotros. Supongo que las dejó ahí para que lo conociéramos de otro modo, para que supiéramos lo mal fotógrafo que había sido, cuán frágil era su pulso, la falta de concentración que determinaba su mirada. Un detective a sueldo hubiera hecho mejor trabajo.
¿Es posible que el autor de las fotografías sea otro? No lo creo. La torpeza, el desapego, la atención vacilante son una firma clara.
De mi padre sabemos lo peor: huyó; fuimos la molestia que quiso evitarse. Las fotos confirman su dificultad para vernos. Curiosamente, también muestran que lo intentó. Con la obstinación del mediocre, reiteró su fracaso sin que eso llegara a ser dramático. Nunca supimos que sufriera. Ni siquiera supimos que fotografiaba.
Hubo un tiempo en que vivimos con un fotógrafo invisible. Nos espiaba sin que ganáramos color. Que alguien incapaz de enfocar nos mirara así, revela un esfuerzo peculiar, una forma secreta del tesón. Mi padre buscaba algo extraviado o que nunca estuvo ahí. No dio con su objetivo, pero no dejó de recargar la cámara. Sus ojos, que no estaban hechos para vernos, querían vernos.
Las fotos, desastrosas, inservibles, fueron tomadas por un inepto que insistía.
Una tarde subió al Studebacker. Supongo que cantó su canción del caballo, una y otra vez, hasta que en un recodo solitario ganó, al fin, una carrera.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 12, 2011

Plumas para unas alas


Plumas para unas alas

Un metro sesenta y cuatro de estatura sumergido en la piel
lo mismo que en un saco de obediencia y pavor.
Cautiva en esta piel,
cosida por un hilo sin nudo a esta ignorancia,
aferrada centímetro a centímetro a esta lisa envoltura que me protege a medias y por entero me delata,
siento la desnudez del animal,
el desabrido asombro del santo en el martirio,
la inexpresivo provocación al filo del cuchillo y al látigo del fuego.
No me sirve esta piel que apenas me contiene,
esta cáscara errante que me controla y me recuenta,
esta túnica avara cortada en lo invisible a la medida de mi muerte visible.
Apenas una pálida estría en la muralla:
la tensa cicatriz sobre la dentellada de la separación.
No puedo tocar fondo.
No consigo hacer pie dentro de esta membrana que me aparta de mi,
que me divide en dos y me vuelca al revés bajo las ruedas de los carros en llamas,
bajo espumas y labios y combates,
siempre a orillas del mundo, siempre a orillas del vértigo del alma.
No alcanza para lobo
y le falta también para cordero.
Y no obstante me escurro entre los dos bajo esta investidura del abismo
invulnerable al golpe de mi sangre y a mi pira de huesos.
¿Quién apuesta su piel por esta piel ilesa e inconstante?
Nada para ganar.
Todo para perder en esta superficie donde sólo se inscriben los errores sobre la borra de los años.
Y ese color de enigmas que termina en pregunta,
esa urdimbre cerrada donde cruzan sus hilos la permanencia y la mudanza
esa simulación de mansedumbre alrededor de un cuerpo irremediable
ese aspecto de falso testimonio con que encubre, bajo la misma lona, es el fantasma de ayer y el de mañana,
ese tacto como una chispa al sol, o un puñado de vidrios, o un huracán de mariposas,
¿a imagen de quién son?
¿A semejanza de qué dios migratorio fui arrancada y envuelta en esta piel que exhala la nostalgia?
Una mutilación de nubes y de plumas hacia la piel del cielo.

Olga Orozco en Museo salvaje, 1974.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 11, 2011

Trilce - IX


IX

Vusco volvvver de golpe el golpe.
Sus dos hojas anchas, su válvula
que se abre en suculenta recepción
de multiplicando a multiplicador,
su condición excelente para el placer,
todo avía verdad.
Busco volver de golpe el golpe.
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades
a treintidós cables y sus múltiples,
se arrequintan pelo por pelo
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,
y no vivo entonces ausencia,
ni al tacto.
Fallo bolver de golpe el golpe.
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo
de egoísmo y de aquel ludir mortal
de sábana,
desque la mujer esta
¡cuánto pesa de general!
Y hembra es el alma de la ausente.
Y hembra es el alma mía.

César Vallejo en Trilce, 1922.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 10, 2011

La familia humana






La familia humana


Noto las diferencias obvias
en la familia humana.
Algunos somos serios,
otros propensos al humor
Algunos afirman que sus vidas son vividas
con verdadera profundidad
Y otros sostienen que no, que sólo viven
la realidad.
La variedad de tonos de piel
puede confundirnos, abrumarnos y deleitarnos.
Somos marrones, rosados y negros y púrpuras,
tostados y azules y blancos.
Me embarqué hacia los siete mares
y me detuve en cada tierra.
He visto las maravillas del mundo,
pero ni a un solo hombre común.
Conozco a 10 mil mujeres
que se llaman Jane o Mary Jane,
pero no he visto ni siquiera a dos
que fueran idénticas.
(...)
Buscamos éxito infinito,
pero todos nacemos, morimos y partimos.
Diferimos en cosas muy pequeñas,
pero nos precemos en cosas importantes.
Noto las diferencias obvias
entre cada clase y cada tipo.
Pero somos más parecidos,
amigos míos, de lo que somos diferentes.
Somos más parecidos, amigos míos,
de lo que somos diferentes.
Somos más parecidos, amigos míos,
de lo que somos diferentes.


***


Human family


I note the obvious differences
in the human family.
Some of us are serious,
some thrive on comedy.
Some declare their lives are lived
as true profundity,
and others claim they really live
the real reality.
The variety of our skin tones
can confuse, bemuse, delight,
brown and pink and beige and purple,
tan and blue and white.
I've sailed upon the seven seas
and stopped in every land,
I've seen the wonders of the world
not yet one common man.
I know ten thousand women
called Jane and Mary Jane,
but I've not seen any two
who really were the same.
Mirror twins are different
although their features jibe,
and lovers think quite different thoughts
while lying side by side.
(...)
I note the obvious differences
between each sort and type,
but we are more alike, my friends,
than we are unalike.
We are more alike, my friends,
than we are unalike.
We are more alike, my friends,
than we are unalike.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 09, 2011

Los tomadores de sol en el Botánico





La tarde de ayer lunes fue espléndida. Sobre todo para la gente que nada tenía que hacer. Y más aún para los tomadores de sol consuetudinarios.
Gente de principios higiénicas y naturistas, ya que se resignan atener los botines rotos antes que perder su bañito de sol. Y después hay ciudadanos que se lamentan de que no haya hombres de principios.. Y estudiosos. Individuos que sacrifican su bienestar personal para estudiar botánica y sus derivados, aceptando ir con el traje hecho pedazos antes de perder tan preciosos conocimientos.
Examinando la gente que pulula por el Jardín Botánico, uno termina por plantearse este problema:"` 
¿Por qué las ciencias naturales poseen tanta aceptación entre sujetos que tienen catadura de vagos? ¿Par qué la gente bien vestida no se dedica, con tanto frenesí, a un estudio semejante, saludable para el cuerpo y para el espíritu? Porque esto es indiscutible: el estudio de la botánica engorda. No he visto a un bebedor de sol que no tenga la piel lustrosa, y un cuerpazo bien nutrido y mejor descansado.
¡Qué aspecto, que bonhomía! ¡Qué edificación ejemplar para un señor que tenga tendencias al misticismo! Porque, no dejarán de reconocer ustedes, que una ciencia tan infusa como la botánica debe tener virtudes esenciales para engordar a sujetos que calzan botines rotos.
De otro modo no se explicaría. Cierto es que el reposo debe contribuir en algo, pero en este asunto obra o influye algún factor extraño y fundamental. Hasta los jardineros tienden a la obesidad. El portero –los porteros están bien saciados–, los subjardineros ya han adquirido ese aspecto de satisfacción íntima que producen las canonjías municipales, y hasta los gatos que viven en las alturas de los pinos impresionan favorablemente por su inesperado grosor y lustroso pelaje.
Yo creo haber aclarado el misterio. La gente que frecuenta el Jardín Botánico está gorda por la influencia del latín.
En efecto, todos los letreros de los árboles están redactados en el idioma melifluo de Virgilio. Al que no está acostumbrado, se le embarulla el cráneo. Pero los asiduos visitantes de este jardín, deben estar ya acostumbrados y sufrir los beneficios de este idioma, porque he observado lo siguiente:
Como decía, fui hasta allá ayer por la tarde. Me senté en un banco y, de pronto, observé a dos jardineros. Con un rastrillo en la mano miraban el letrero de un árbol. Luego se miraban entre sí y volvían a mirar el letrero. Para no interrumpir sus meditaciones mantenían el rastrillo completamente inmóvil, de modo que no cabía duda alguna de que esa gente ilustraba sus magníficos espíritus con el letrero escrito en el idioma del latoso Virgilio. Y el éxtasis que tal lectura parecía producirles, debía ser infinito, ya que los dos individuos, completamente quietos como otros tantos Budas a la sombra del árbol de la sabiduría, no movían el rastrillo ni por broma. Tal hecho me llamó sumamente la atención y decidí continuar mi observación. Pero, pasó una hora y yo me aburrí. El deliquio de esos pelafustanes frente al letrero era inmenso. El rastrillo permanecía junto a ellos como si no existiera.
¿Se dan cuenta ustedes ahora de la influencia del botánico latín sobre los espíritus superiores? Estos hombres en vez de rastrillar la tierra, como era su deber, permanecían de brazos cruzados en honor a la ciencia, a la naturaleza y al latín. Cuando me fui, di vuelta la cabeza. Continuaban meditando. Los rastrillos olvidados. No me extrañó de que engordaran.
Y vi numerosa gente entregada a la santa paz de lo verde. Todos meditando en los letreros latinos que se ofrecen con profusión a la vista del público. Todos tranquilitos, imperturbables, adormecidos, soleándose como lagartos o cocodrilos y encantados de la vida, a pesar de que sus aspectos no denuncian millones ni mucho menos. Pero el Señor, bondadoso con los hombres de buena voluntad, les dispensa lo que a nosotros nos ha negado: la felicidad. En cambio, esos individuos que podrían tomarse por solemnes vagos, y que puede ser que lo sean, a la sombra de los árboles empollaban su haraganería y florecían en meditaciones de manera envidiable.
En muchos bancos, estos poltrones, hacen circulo. Y recuerdan a los sapos del campo. Porque los sapos del campo, cuando se prende la luz y se la deja abandonada, se reúnen en torno de ella en círculo, y permanecen como conferenciando horas enteras.
Pues en el Botánico ocurre lo mismo. Se ven círculos de vagos cosmopolitas y silenciosos, mirándose a la cara, en las posiciones más variadas, y sin decir esta boca es mía.
Naturalmente, a la gente le da grima esta vagancia semiorganizada; pero para los que conocen el misterio de las actitudes humanas, esto no asombra. Esa gente aprende idiomas, se interesa por las llamadas lenguas muertas y se regocija contemplando los cartelitos de los árboles.
¿Dónde se reúnen ahora los enamorados? ¿Han perdido el romanticismo? El caso es que en el Botánico lo que más escasean son las parejas amorosas. Sólo se ve algún matrimonio proyecto que recrea sus ojos sin perjudicar sus rentas, ya que para distraerse recorren los senderos solitarios, separados uno de otro medio metro.
En definitiva, no sé si porque era lunes, o porque la gente ha encontrado otros lugares de distracción, el caso es que el Jardín Botánico ofrece un aspecto de desolación que espanta. Y lo único noble, son los árboles... los árboles que envejecen apartándose de los hombres para recoger el cielo entre sus brazos.

Roberto Arlt en Aguafuertes porteñas, 1933.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 08, 2011

Haikus azules





Haikus azules


Sólo esto es cierto, sólo esto?
Juan L. Ortiz

      I
Tazón de luz.
Pertinaz mansedumbre.
Isla en soledad.

      II
Sólo silencio.
Deshabitar el río
Absorber la sed.

      III
Dos ojos lanzan
puñaladas al agua.
Y no se matan.

      IV
Hay tanto cielo
que duele estar abajo.
El ojo alivia.

      V
Trama nocturna.
La víctima descubre 
que no está sola.

      VI
La víctima huye.
Triste queda la muerte 
entrampillada.

      VII 
Un candelabro
que ningún viento apaga
anilla el cielo.

      VIII
Rumbo de sol. 
Espejo a la deriva
donde nadie ve.

      IX
Las hojas vuelan
al borde de la tierra.
Lágrimas de árbol.

      X
Hinca la noche
espolones de nácar 
para no morir.

      XI
En luna ciega
ilumina el camino
quien lo desanda.

      XII
Sombrero de agua.
Desde la tela púrpura
posa la lluvia.

      XIII
Tras la tormenta
desvelo de pájaros.
Magia del cielo.

      XIV
¿Quién reconoce
en medio del silencio
la voz del agua?

      XV
Es la soledad
otra isla penitente
adentro de mí.

César Bisso
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 06, 2011

Jo March, la escritora



Cada varias semanas ella se encerraría en su cuarto, se pondría su traje de garabatear y caería en una vorágine’, como ella lo expresaba, escribiendo su novela con todo su corazón y alma, ya que hasta que no estuviera terminada ella no encontraría paz. Su ‘traje de garabatear’ consistía en un delantal negro de lana sobre el cual ella podía secar su pluma como deseaba, y un gorro del mismo material, adornado con un alegre moño rojo.... Este gorro era una señal para los ojos inquisidores de su familia que durante estos períodos mantenía su distancia, tan sólo asomando sus cabezas semi-ocasionalmente para preguntar, con interés, ‘¿Arde el genio, Jo?’. No siempre se aventuraban a formular siquiera esta pregunta, sino que observaban el gorro y juzgaban de acuerdo a ello. Si este elemento expresivo del vestuario estaba hundido hondo sobre la frente, era signo de que un duro trabajo estaba siendo realizado; en un momento excitante era empujado airosamente en oblicuo; y cuando la desesperación capturaba a la autora era arrancado totalmente de un tirón y lanzado al piso. En aquellos momentos el individuo intruso se retiraba silenciosamente; y no hasta que el gorro rojo no era visto alegremente erecto sobre el semblante talentoso, nadie osaba hablar a Jo.
De ninguna manera ella se pensaba como una genia, pero cuando el ataque de escritura llegaba, se entregaba a  él con total abandono, y encabezaba una vida dichosa, inconsciente del deseo, cuidado o mal tiempo, mientras ella se sentaba a salvo y feliz en un mundo imaginario, repleto de gente amiga casi real y amada por ella como cualquier ser humano. El sueño abandonaba sus ojos. Las comidas permanecían sin ser probadas, días y noches eran todos muy cortos para disfrutar la alegría que la glorificaba en semejantes momentos y que hacían estas horas dignas de ser vividas, aunque ellas no dieran ningún otro fruto. La divina inspiración duraba generalmente una semana o dos, y luego ella emergía de su vorágine, hambrienta, con sueño, atravesada o desesperanzada.

Louisa May Alcott en Mujercitas.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 05, 2011

Seda



34.

Esa noche Hara Kei invitó a Hervé Joncour a su casa. Había algunos hombres del lugar y mujeres vestidas con gran elegancia, el rostro pintado de blanco y de colores vistosos. Se bebía sake, se fumaba en una larga pipa de madera un tabaco de aroma amargo y embriagador. Llegaron unos saltimbanquis y un hombre que arrancaba carcajadas imitando hombres y animales. Tres mujeres viejas tocaban instrumentos de cuerda, sin dejar de sonreír. Hara Kei estaba sentado en el puesto de honor, vestido de oscuro, los pies descalzos. En un vestido de seda, espléndido, la mujer con el rostro de chiquilla se sentaba a su lado. Hervé Joncour estaba en el extremo opuesto del cuarto: era asediado por el perfume dulzón de las mujeres que estaban en torno a él y sonreía embarazado a los hombres que se divertían contándole historias que él no podía comprender. Mil veces buscó los ojos de ella, y mil veces ella encontró los suyos. Era una especie de danza triste, secreta e impotente. Hervé Joncour la bailó hasta muy tarde, después se levantó, dijo algo en francés para excusarse, se liberó de cualquier modo de una mujer que había decidido acompañarlo y, abriéndose campo entre nubes
de humo y hombres que lo apostrofaban en aquella lengua incomprensible, se fue. 
Antes de salir del cuarto, miró una última vez hacia ella. Lo estaba mirando, con ojos perfectamente mudos, a siglos de distancia.
Hervé Joncour vagabundeó por el pueblo respirando el aire fresco de la noche y perdiéndose entre las callejuelas que subían por el flanco de la colina. Cuando llegó a su casa vio un farol, encendido, oscilando detrás de las paredes de papel. Entró y halló a dos mujeres, de pie, frente a él. Una muchacha oriental, joven, vestida con un simple kimono blanco. Y ella. Tenía en los ojos una especie de febril alegría. No le dio tiempo
de hacer nada. Se acercó, le tomó una mano, se la llevó al rostro, la rozó con los labios y, después, estrechándola fuerte, la puso entre las manos de la muchacha que estaba a su lado y la tuvo allí, por un instante, para que no pudiera escapar. Retiró su mano, finalmente, dio un par de pasos hacia atrás, tomó el farol, miró por un instante a los ojos de Hervé Joncour y escapó. Era un farol anaranjado. Desapareció en la noche, pequeña luz en fuga.

Alessandro Baricco en Seda, Anagrama, 2001.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 04, 2011

El perro Okinamaro




El perro Okinamaro
                                                                                   A Sei Shonagon
                                                         (que vivió en el siglo XI A.C)

Él, que paseaba un día coronado
de flores de durazno y de cerezo,
el triste Okinamaro como un preso
a la isla de los perros fue expulsado.
Cuando volvió al palacio oscuro, herido,
lo llamaste, pero él no te miró,
y nadie, nadie lo reconoció,
mas era él mismo, él mismo destituido.
Y lo reconociste en el momento
en que lloró a tus pies y que lo viste
desfigurado, sucio, hinchado y triste,
y lloraste con él su sentimiento.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

agosto 01, 2011

A una nariz



A una nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado

Érase un espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egipto;
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...