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septiembre 28, 2011

Tarde de octubre (lejos)


¿Hay un fin del dolor?
No la cicatriz: memoria, olvido, signo.
Para recordar que, fríamente, algo fue extirpado
y un "no" queda en el recuerdo
que se ensancha a medida que se borra.
¿Hay un fin del dolor?
Un fin de esa ola que cada vez retorna
y, como el mar, es dolor y sirve de metáfora
para decir "infinito" de otro modo.
Otra vez, como la orilla lejana del mar
que se acerca y es el mar cercano.
Los peces, las fauces, los monstruos marinos.

No el mar y la orilla lejana.
No soberbia. No alta.
No Perfecta.
¿Hay un fin del dolor
y de su industria?

"¿Hay un fin del dolor?"
Quisiera decir: ¿Sirve para algo?
Quisiera decir: ¿Cómo funciona?
Quisiera decir: ¿Dónde?
En el mar duele, por ejemplo.
Como una romana, para concordar.
Quisiera decir: algo del abismo que separa
lo que espero y lo que se da efectivamente.
Como si el cuerpo fuera la orilla o la arena
y el dolor, efectivamente, el mar.

¿Hay un fin del dolor y del paisaje?

Ariel Schettini en La guerra civil, editorial Norma, 2000.
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septiembre 24, 2011

La lluvia de oro


¿Te casarías conmigo?
dijo la                                  princesa
             mujer
             que antes había sido
        la musa
             de su vida.

Extrañas gotas
de fuego
caían sobre ella.

¡No temas, Dánae!
dijo el                                      dios
            hombre
            que la amó.

Ella abrazó
entre sus muslos
el semen dorado.

(La vida terrenal
es demasiado tiempo
para quien habita
el Olimpo)

La respuesta
NO
fue.


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septiembre 22, 2011

Sin título


el punto
intraducible
en el que me dejaste
solo
ante esta copa
de vino
como un camalote
que discurre
por un río
sin cauce

«cuando termine el vino,
nos vamos»
decías siempre
y yo
para que nos fuéramos más rápido
te lo mezclaba
sin que te dieras cuenta
con el agua
de la hielera
para evitar escuchar
el rumor
apagado
de tu río
sediento de cauces

en las noches
que confluyen
en esta copa
en este río sin cauce
que discurre
como un camalote
por mi dolor
ebrio
como aquel vino
intraducible
que me hiciste
probar
Lucas Soares en El río ebrio, Paradiso, 2005.
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septiembre 20, 2011

Crave (fragmento)


Quiero dormir a tu lado y hacerte las compras y cargarte las bolsas y decirte cuánto me gusta estar contigo pero me siguen obligando a hacer estupideces (...)
Y quiero jugar al escondite y regalarte mi ropa y decirte cuánto me gustan tus zapatos y sentarme en el borde de la bañera mientras te bañas y hacerte masajes en el cuello y darte besos en los pies y llevarte de la mano e irme contigo a cenar y que no me importe que comas de mi plato y encontrarme contigo en el Rudy's y hablar del día y teclear tus cartas y llevar tus cajas y reírme de tus paranoias y regalarte discos que nunca escucharás y ver películas buenísimas y ver películas malas y quejarme del programa de radio y hacerte fotos mientras duermes y levantarme para prepararte café con tostadas y panecitos y salir contigo a tomar un café al Florent en medio de la noche y dejar que me robes los cigarrillos y que nunca tengas fuego y contarte lo que vi en la tele la otra noche y acompañarte al oculista y no reírme de tus chistes y desearte por la mañana pero dejarte dormir un poco más y mientras darte besos en la espalda y acariciar tu piel y decirte cuánto me gusta tu pelo tus ojos tus labios tu cuello tu pecho tu culo y sentarme a fumar en la escalera hasta que vuelva tu vecina y sentarme a fumar en la escalera hasta que vuelvas y preocuparme cuando te atrases y asombrarme cuando te adelantas y regalarte girasoles e ir a tu fiesta y bailar hasta quedar negro y estar triste cuando me equivoque y feliz cuando me perdones y mirar tus fotos y desear haberte conocido desde siempre y sentir tu voz en mis oídos y sentir tu piel contra mi piel y tener mucho miedo cuando te enojes y se te ponga un ojo negro y otro azul y tu pelo hacia la izquierda y una cara de oriental y decirte estás preciosa y abrazarte cuando estés ansiosa y abrazarte más cuando sufras y desearte sólo con olerte y abusarme al tocarte y gemir cuando esté a tu lado y gemir cuando no esté a tu lado y babear sobre tu pecho y envolverte toda la noche y sentir frío cuando me quites la manta y sentir calor cuando no lo hagas y derretirme cuando sonrías y desintegrarme cuando rías y no entender y preguntarte por qué crees que te estoy rechazando cuando no te estoy rechazando y preguntarme cómo puedes pensar que yo sería capaz de rechazarte a ti y preguntarme quién eres pero aceptarte igual y contarte acerca del ángel del niño del bosque encantado que voló sobre el océano porque te amaba y escribirte poemas y preguntarme por qué no me crees y tener un sentimiento tan profundo que no encuentra palabras y querer compartirte un gatito y sentir celos de él cuando reciba más atención que yo y retenerte en la cama cuando te tengas que ir y llorar como un bebé cuando finalmente te vayas y vaciar los ceniceros y comprarte regalos que no quieras y llevármelos otra vez y pedirte que te cases conmigo y que tú me digas que no otra vez pero siempre fue en serio desde la primera vez y deambular por toda la ciudad pensando que sin ti está vacía y querer todo lo que quieres y pensar que me estoy perdiendo a mí mismo y saber que contigo estoy a salvo y contarte de mí mismo lo peor e intentar darte lo mejor porque tú lo mereces y contestar tus preguntas cuando prefiera no hacerlo y decirte la verdad cuando en realidad no quiera e intentar ser honesto porque sé que tú lo prefieres y pensar que todo se acabó pero aferrarme allí durante diez minutos más hasta que me eches de tu vida y te olvides de quién soy e intentar acercarme a ti porque es hermoso aprender a conocerte y el esfuerzo vale la pena y hablarte mal en alemán y peor en hebreo y hacer el amor contigo a las tres de la madrugada y de alguna de alguna manera comunicarte ese amor abrumador arrasador incondicional omnipresente y sempiterno que enriquece el corazón y libera la mente ese amor eterno y presente que siento por ti.

Sarah Kane en Crave
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septiembre 17, 2011

Ayer te besé en los labios...




Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo 
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.




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septiembre 16, 2011

Bordes



Bordes


Restos de mí
sobre la mesa:
el teléfono suena equivocado
corta la noche en pedacitos
cada vez más cortos
cada vez.
Nada es posible
sobre ese filo que cae.
Sólo dormir para olvidar
la página en blanco
el cuerpo disparado
tenso como flecha
hacia el borde de su brazo
(fuego en la mecedora
de la noche):
ninguna señal
llega de su aire
brillo perdido
del silencio.

Delfina Muschietti en Enero, 1999.
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septiembre 13, 2011

La Biblioteca de Babel





El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta         letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Jorge Luis Borges, Ficciones, 1944. 




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septiembre 09, 2011

Dios es un masturbador


Dios es un masturbador

Amigos, el sexo nunca ha sido
más que una fusión
de cuerpos que se hacen
mutuamente
lo que les agrada
hacer
a ellos y la evolución
ya sea por deseo desesperación
o necesidad
No sirve a otro propósito
que el propósito del amor
y la vida
Los sexualistas
son un producto del sexo
Estamos hechos por el sexo
El sexo hizo al Ejército de Salvación
Somos sexo
No hay nada oscuro
en esta magia
y esas punzadas de lascivia
que te angustian
Esos sueños impensables
que te llenan de duda
-mientras las alegrías salvajes emitan
desde un espíritu entusiasmado
¡muerde el polvo! ¡grita!
Gracias a Dios los pensamientos de uno
excitan tanto como la carne
Gracias a él hay un lugar
en todo este él y ella
y él y él
y ella y ella
para un mí y mí...

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septiembre 07, 2011

Tu más profunda piel


Pénétrez le secret doré
Tout n’est qu’une flamme rapide
Que fleurit la rose adorable
Et d’oú monte un perfum exquis
Apollinaire, Les collines
    Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

    No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

    Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

    Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

    Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.
 

Julio Cortázar en Último round, Ed. Siglo veintiuno editores, 1969.
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Los artistas del bosque


Para Eugenia y Tomás

Había una vez (no me preguntes cuándo, ni dónde) un osito que vivía en un bosque. Todos los días, cuando volvía de la escuela, el osito jugaba con sus amigos en el bosque: la hormiga, la paloma, el lobo y el ciervo (ya sé que esos animales no suelen jugar entre sí, pero por esto es un cuento, una utopía). Un día, el papá oso le trajo al osito de regalo una caja llena de témperas de muchos colores. El osito, inmediatamente, fue a mostrarles a sus amigos el regalo que le había hecho su papá. Todos quedaron encantados con tantas témperas de tantos colores y decidieron probarlas en ese mismo instante. Cada uno de los animalitos (el oso, la hormiga, la paloma, el lobo y el ciervo) fue a su casa a buscar un pincel, un trapito y un vaso con agua para lavar los pinceles.
Hicieron lo siguiente: pintaron el río que atravesaba el bosque de color amarillo, pintaron un árbol de color violeta, pintaron el sol de color marrón.
En eso, llegó una vaca sedienta a tomar agua y cuando llegó al río se quiso morir: vio (creyó) que el río estaba seco y que se veía el fondo de arena. ¡Pobre vaca!: se moría de sed. En eso, llegó el pájaro carpintero que vivía en el árbol y cuando vio esa cosa violeta se quiso morir: vio (creyó) que alguien había tirado su árbol verde y marrón abajo y que habían puesto una cosa violeta en su lugar. ¡Pobre pájaro carpintero!: se moría de tristeza. En eso, salió la señora coneja a tender la ropa que había lavado y cuando miró el cielo para ver dónde estaba el sol creyó que el sol no estaba más y que en su lugar había un hueco horrible y marrón. ¡Pobre coneja!: se moría del susto y se cayó al suelo sentada.
Los animalitos (el oso, la hormiga, la paloma, el lobo y el ciervo), que vieron todo lo que pasaba, también se morían, pero de risa, porque todos los animales del bosque estaban confundidos. En eso, salió la mamá osa de su casa, porque había escuchado las risas, y les preguntó a los animalitos de qué se reían. La hormiguita le contó y la mamá osa les dijo que tenían que limpiar todo y dejarlo todo como antes porque estaba mal asustar a los demás animales del bosque. Los animalitos (el oso, la hormiga, la paloma, el lobo y el ciervo: esto es un cuento, es una utopía) se pusieron a pensar cómo iban a limpiar todo, y no sabían, no sabían.
En eso, una lluvia muy fuerte empezó a caer y cada gotita que caía sobre el árbol limpiaba la pintura violeta, y cada gotita que caía limpiaba la pintura amarilla del río. Y al final salió el sol y era un sol amarillo y redondo como antes porque la lluvia lo había limpiado.
Entonces la señora coneja pudo tender la ropa; el pájaro carpintero encontró su casa y la vaca sedienta tomó toda el agua que quiso.
Los animalitos decidieron, entonces, que iban a pintar sobre papeles. Trajeron papeles muy grandes y en uno de ellos pintaron un pino muy verde y muy alto. En otro de los papeles pintaron una puerta de madera y la apoyaron contra una montañita de piedra que había por ahí. En otro papel pintaron un sol amarillo y redondo y lo colgaron de un poste.
En eso, llegó un gusano de la madera que vivía en un pino y cuando vio el pino pintado creyó que era el suyo. Quiso trepar y no pudo, quiso dar la vuelta y no pudo. ¡Pobre gusanito!: se moría de hambre. En eso, vino el señor topo que vivía en la montaña de piedra y cuando vio la puerta pintada quiso meter la llave en la cerradura y no podía porque la llave rebotaba. ¡Pobre topo!: se moría de bronca porque creía que su llave estaba rota y nunca más iba a poder entrar a su casa. En eso, salió la señora coneja para ver si la ropa se había secado y cuando miró para verel sol, vio en el cielo dos soles redondos y amarillos y pegó un grito porque creyó que con dos soles todo el mundo se iba a morir de calor y de sed. ¡Pobre coneja!: se moría de miedo.
Los animalitos (el oso, la hormiga, la paloma, el lobo y el ciervo), que vieron todo lo que pasaba, se morían, pero de risa, porque todos los animales del bosque estaban confundidos. En eso, salió la mamá osa de su casa, porque había escuchado las risas, y les preguntó a los animalitos de qué se reían. El lobito le contó y la mamá osa les dijo que tenían que limpiar todo y dejarlo todo como antes porque estaba mal asustar a los demás animales del bosque.
Entonces los animalitos juntaron todos los dibujos que habían hecho y los enrollaron para guardarlos. Ya se tenían que ir a bañar (esto es un cuento, es una utopía: ya se que los animales no se bañan a la tardecita). Se despidieron hasta el día siguiente, cuando se iban a encontrar para ver qué cosas (si es que había alguna) podían hacer con las témperas que no perturbaran a los demás animales.

Daniel Link , cuento infantil, 1989.

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septiembre 05, 2011

Hija del viento





Hija del viento

Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.



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septiembre 02, 2011

El escultor



“Ahora el otro está despierto;
Se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros…”
Jacobo Fijman
I
¿Y si la persecución es real? 
La pregunta llegó cuando me dirigía al consultorio del supervisor, la sentí deslizarse desde los pies hasta la ingle. Yo caminaba con la cobardía propia de los que piden auxilio: el gesto duro, los ojos vacilantes. Rodeado de gente y meditaciones abstractas, mi paso se demoraba en el camino hacia lo de mi colega, como si un miasma viscoso me retuviese y no me dejase llegar, o como si lo que estaba haciendo en ese instante tuviese mayor rédito para mi salud mental que la consulta a la que iba: la búsqueda de algo o de alguien. 
El origen de este juego, como contar baldosas en la vereda, no era más que un  pequeño ejercicio de la curiosidad que se me imponía como una obsesión. Pero desde esa vez, cuando ocurrió el encuentro con un paciente en la cola del supermercado, éste y otros hechos que vinieron después me hicieron reflexionar acerca de algo que más tarde logré discernir. Al principio, supuse que el juego de buscar a mi alrededor consistía en tratar de encontrar algo específico, una persona, un punto con el cual establecer asociaciones de ideas. Por el contrario supe, y lo supe con la sangre, con la certeza de la verdad orgánica, que en mi caso ese ejercicio era diferente, de pretensiones más ontológicas y, por ello, de raíz muy contraria, como lo son las raíces de un árbol respecto a las de una leguminosa. Y podría aseverar que esa multiplicidad de tentáculos vegetales me llevaría tal vez hacia posibilidades difíciles de asir. Sin embargo, esta sospecha no me detuvo, por lo que esa insatisfacción resultante, llena de efímera alegría, ese gozo de débiles soportes, ese buscar de modos indiscriminados en medio de las calles y las cosas, me escamotearon sensatez a cambio de intersticios de felicidad, como una droga de efectos inmediatos pero de consecuencias nefastas. En el juego que yo establecía cuando salía al mundo más allá del consultorio, mi nuevo ser, ése que se hacía por y a pesar de mí, me permitía intuir la emoción de un escultor frente a un bloque de granito.

II
Uno de esos encuentros ocurrió casi en la entrada del edificio donde hacía la supervisión. Esa vez vi, en el bar de la esquina, a otro de mis pacientes, un hombre que venía los lunes.
Me sentí invadido. Lo descubrí mirándome, con esa mirada tonta que ellos tienen cuando lo ven a uno fuera del consultorio (porque no saben qué hacer, si agazaparse detrás de un diario o saludar con fingida naturalidad). Entonces, por rebeldía a ciertas prácticas ortodoxas en mi profesión, quizá por enojo conmigo mismo ante este juego de la búsqueda que no podía detener y del cual no soportaba las consecuencias, saludé al tipo. Lo hice intercambiando resignación por descaro. Otro de mis enroques. El hombre, un infeliz que aún estaba tratando de asimilar la muerte del padre, sonrió y devolvió el saludo. Esta aparición, no sólo provocó mi ausencia a la sesión de supervisión, sino que fue la génesis de dos sospechas: una, la de que este juego de la mirada que busca era absurdo, y la otra, hostil y escalofriante, la de que estaba siendo vigilado.
Con el correr de los días, esa segunda sospecha fue mutando en otra palabra: certeza, y ésta, a su vez, adquirió un contenido aún más estremecedor: el de ser víctima de una confabulación. Si esto era verdad, debería hacer algo...
Como un llamado de atención, y también por aquellos días, vi a otra paciente mientras almorzaba en un restaurante de comida rápida. Intenté escabullirme y, con disimulo, me levanté y me cambié de mesa, a una más lejana.
Después, pude observar a la mujer cuando tiraba los restos de la bandeja en uno de los cestos de basura y, por un instante, puedo asegurarlo, pasó su mirada sobre mí. Ahora, desde la ventaja que me da el tiempo transcurrido, puedo asegurarlo. Incluso me pareció que cuando se iba lo hacía con paso veloz, como si temiese que yo la encarase. Este incidente fue un piso más en la pirámide, una pirámide que mi psiquis iba escalando ávida, alimentándose de fuerzas desconocidas. Y sabía que si mi yo me permitía llegar a la cumbre, donde tendría que hacer equilibrio en un sitio alto y sin aire, estaría perdido; lo sabía con los cimientos de la débil estructura que aún me sostenía. Deduje que mirar otra vez a todo el mundo (había intentado dejar de hacerlo sin conseguirlo) era mi peor elección, porque como ya dije, no soportaba las consecuencias y, por otra parte, ese hecho me descubría ante algo que no estaba en mis pronósticos.
Por si fuera poco, cuando salía del lugar y me dirigía hacia la Fundación donde trabajo, me crucé en el camino con otros dos pacientes, por lo que conjeturé que esta primera pregunta acerca de la persecución ya no me causaba miedo sino que, por el contrario, me daba coraje. Me sorprendí ante este nuevo sentir. Seguro de que esta epifanía del pensamiento, esta génesis de revelación, extraída con el tinte embrutecedor que dan las palabras, escupidas hacia el cielorraso del consultorio, vomitadas como una nada que busca ser forma, provocaría en el supervisor el desconcierto, la risa, el re-encauce de mi tratamiento, no sé, pero sospeché (¡otra sospecha!) que algunas cosillas se le estaban escapando de las manos. ¿Por qué si no, ocurrió lo que ocurrió instantes antes de entrar en el edificio, en el restó de la esquina? ¿Continuarían sucediendo esas “casualidades” en la calle, en un patio de comidas, en un concierto, en el cine, en el supermercado, en un restaurante de comida mexicana, en un restaurante de comida hindú?
Quedaba muy claro: el inconsciente de los otros me estaba abrumando y me alejaban del mío; esas caras de los pacientes confabulados eran percibidas por alguien en mí que yo aún no conocía, y por ello sentía esa ansiedad feroz cuando me lavaba la cara esa mañana, porque ésta era una oportunidad para ser realmente quien deseaba ser.
Advertí que ellos eran mi espejo y mi posibilidad, y no quería semejarme a esas personas que ejercían profesiones que hacía rato habían dejado de amar: cirujanos que operaban sin amor, programadores que ansiaban arrojar la notebook contra la pared.
Así, yo psicoanalizaba a la gente gracias a una decisión de aquél que había sido a mis veinticinco años, y me reía por lo bajo de los que aseguraban tener clara su vocación, como si los sueños no cambiasen, como si la piel acusase siempre la misma tersura.
Esa noche las cosas siguieron igual. Esta vez me crucé en un bar con una mujer que venía los martes a las 14.30 (debo aclarar que su caso era una histeria muy difícil de resolver, su magnitud hacía de su vagina una cueva sin acceso, ni el falo ni el amor eran viables para ella porque ninguno de los dos podía con su mentira). Supe que nada era casual, y esa cosa informe que no tenía nombre y ahora vislumbraba (¿el bloque de granito que ese otro que vivía en mí debía trabajar?) era la prueba de mis posibles ineptitudes como psicoanalista, porque por algo me seguían. Sin duda, con alguno de ellos o con varios me habría equivocado, y sus actitudes eran la represalia, o el comienzo de una represalia que no sabía hasta dónde podía llegar. 
Al irme sentí la indiferencia de la dama. ¿No era su actitud una evidencia de que los encuentros no eran casuales? Además, y éste no es un dato menor, había comprobado que los confabulados jamás comentaban el encuentro durante la sesión…
El bloque de granito parecía consistente y yo (mi yo real) tenía trabajo por hacer. ¡Era tan bella esa mujer! Rememoro ahora el modo en que me daba el dinero, cada martes, al pagarme la sesión. Sus manos enriquecían y complementaban el tinte simbólico de los billetes, y yo, a riesgo de quedar en evidencia, trataba de montar el personaje del objeto.
Sentado, con la libreta enmarcando sus cabellos, a unos centímetros de mi regazo, la miraba en su plenitud, tan física que me costaba escuchar sus palabras, el fondo de esas palabras, y las herramientas, a veces, parecían no ser eficaces, como si el granito fuese inmutable, o como si yo no tuviese la fuerza para tallar. 
El último de los encuentros, antes de que tomase mi valiente decisión —ya les hablaré más adelante de ella—, fue con un paciente en un recital de jazz. Creí que mi mente se desbocaba en el solo del trompetista, pude sentir mis órganos vibrar a la par de tremebundas semicorcheas a contrapunto. Ya había comprendido que no podía soportar más esos encuentros, que poco a poco y con el correr de los días, habían ido multiplicándose hasta hacerme presentir la alucinación. Pero pude distinguirlos de los delirantes cortejos de la imaginería patológica. ¡Pueden creerme!
La persecución era real, y sí, ya tenía la respuesta.

III
Entretanto, en el consultorio, los pacientes seguían silenciosos, empujándome sin saberlo al cambio, provocándome con historias camufladas que no podían descifrar.
Dadas estas circunstancias, meses después decidí abandonar la Fundación y trasladé el consultorio a mi domicilio. Esto, si mis previsiones eran acertadas, reduciría los encuentros “fortuitos”, y aunque no era la decisión de la que hablé antes, sí fue una de las primeras que dieron lugar a la “gran decisión”. Además, mis salidas se redujeron casi por completo, y mi vida social se fue anulando para dejar nacer un tranquilizador encierro.
También dejé de atender el teléfono. Tal como lo preví, estas resoluciones trajeron consecuencias no tan inesperadas: la merma en mi economía, las horas iguales y un sentimiento que no podía nombrar pero que no me asustaba, por el contrario, me regalaba una sensación de vitalidad que contrarrestaba años de escucha en el espacio psicoanalítico, le daban una soberana patada en el culo a mi pasado. Mis pacientes, enemigos y salvadores de mi ser, seguían en silencio, y ésa era la confirmación de la treta. Debía tallar en la razón por la cual ellos me hacían esto. Tallar, tallar y tallar. Protegerme y así posibilitar mi renacer. Y este pensamiento, este permanente viaje a través de las ramas del árbol, de sus tentáculos vegetales, me llevó hacia un fruto delicioso. Sí, el sabor embriagador de la venganza comenzaba a nacer en mí. Me di cuenta de que mi ego vilipendiado moldearía la psiquis de los traidores hasta alejarlos más y más de lo que pretendían encontrar con mi ayuda.
Sí, ¡el escultor que vivía en mí había nacido!

IV
Enseguida comencé a tallar en la mente de la bella, y luego en las de cada uno de los pacientes confabulados. A cada nueva sesión, me sentía poderoso, algo que nunca me había ocurrido. Moldeé con los cinceles que la Universidad me había dado, y usé otros adquiridos a través de la práctica en la Fundación.
“¡Voy a recuperar el espíritu lúdico y extenderlo hacia la psiquis de mis enemigos!”, me decía emocionado, feliz, extasiado. Y fui privilegiado testigo del derrumbe mental de la bella, o del imbécil del supermercado que ahora buscaba al padre en cada amigo o compañero de trabajo, y de cada uno de los que invadieron mi privacidad.
Respecto al tipo del supermercado, recuerdo haberlo mirado fijo a los ojos y decirle (con mi mirada): ¿Cómo le va Enrique?, ¿sabe una cosa? Ya que se confabuló contra mí, voy a magnificar su caos para que sea incapaz de acercarse a sus reales deseos. Y le confieso, si me permite, que va a ser un acto de amor hacia esta profesión que odio, ofreceré la otra mejilla y redimiré mi ser utilizando las herramientas propias de aquello en lo que ya no creo. ¿Que no me entiende? Bueno, no se preocupe: mientras yo mato en cada sesión a mi padre de todos estos años, y logro ser por fin el artista que en verdad soy, usted seguirá buscando al suyo en cada persona con que se cruce...
¡Ah, cuánto placer! Y los veía irse totalmente acabados, entumecidos por el dolor y la angustia, luego de sesiones en las que apenas si habían podido articular palabras, bosquejos de pensamientos primitivos que no los conducían a ningún lado. 
Mi obra había comenzado.
Incluso me encargué de esculpir con malévolo detalle en el caos de un paciente que osó matarme en uno de sus sueños, y me lo contó riéndose. Yo me quedé estupefacto, y casi le pregunto: “Pero… pero… ¿cómo se atreve?”.

V
El tiempo pasó y me acostumbré a mi nuevo ser, a ese otro yo que parecía haber dormido durante tantos años a la sombra del correcto profesional en el que me había convertido. El encierro, algo parecido a la libertad, seguía construyéndome. Al cuidado de estas paredes y de la poca luz reinante (me encanta cerrar las ventanas) mi yo escultor fue adquiriendo más relevancia de la que hubiera imaginado. Era una borrachera deliciosa. La subida a la pirámide enferma había sido reemplazada por un merodear en techos bajos y oscuros. 
Por supuesto, mi obra tardó en consumarse, por lo que me enteré del primer suicidio luego del año y medio, mientras hacía el amor con una colega. El mensaje en el contestador lo había dejado el hermano de la bella... Luego, cuando la voz triste y eléctrica del tipo se apagó, Dioniso se apoderó de mí con una fuerza arrolladora y nueva. “¡Esa mujer ya no sufrirá y no hará sufrir a los demás!”, pensé lleno de júbilo. Y luego continué penetrando a esa mujer (¿la que estaba conmigo o la que había muerto?) de modo tan pagano que, y esto lo pude notar después, ella me miraba entre aterrada y agradecida.
Al año siguiente se ahogó el paciente que venía los miércoles a las 16 hs. Estoy seguro de que fue por decisión propia. Yo estaba exultante, ¡sin duda el escultor manejaba los cinceles a la perfección!
Pero, debo admitirlo, la confabulación no ha terminado. Acaso porque la existencia es esto: un constante flujo de torturas sutiles. Será por eso que trato de no salir. Cuando lo hago, mis encuentros con los otros no sólo siguen ocurriendo, sino que se han multiplicado. Es difícil de entender; es como si nada de lo que hago obtuviera un resultado, como si mi condición de artista no fuera la salvación. En estos meses he visto a varios pacientes, ex pacientes, y, además, me he encontrado con muchos colegas de la Fundación, que me sonríen, me preguntan cómo ando, con esa falsedad que no soporto, típica de los cobardes.
Me encantaría gritarles en sus caras que soy un escultor, que ese es mi verdadero ser, y que no necesito esta vez títulos ni posgrados.
Pero, por suerte, la vida también está hecha de pequeños manjares, tan cotidianos que a veces uno no los degusta. Ella me da suculentos tragos de felicidad, momentáneos, exquisitos. Y yo trato de que la copa no se acabe rápido, de que el elixir que bebo mientras esculpo la psiquis de los pacientes que se han atrevido a cruzarse conmigo más allá del consultorio se estacione en mi boca. Para saborearlo, paladearlo como un buen vino, lo suficiente como para enterarme, si los dioses son benévolos y se acuerdan de mí, del próximo suicidio.




© Gustavo Di Pace en Mi yo multiplicado, Alción Editora, 2011.
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septiembre 01, 2011

Moby Dick



Primero está Aries o el carnero, representa la lujuria de la cual todos fuimos engendrados. Después sigue Taurus o el toro, que nos muestra como vamos creciendo y volviéndonos fuertes. Luego viene Géminis o los mellizos, o sea, la Virtud y el Vicio; en la juventud tratamos de alcanzar la Virtud pero llega Cáncer, o el cangrejo, y nos arrastra hacia atrás. Cuando vamos dejando detrás la Virtud nos encuentra Leo, un rugiente león, que nos marca ya la mitad de la senda. Da unas cuántas dentelladas y zarpazos, creemos que no seguiremos adelante, pero llega Virgo, la virgen, el amor de nuestra vida. Nos casamos, pensamos en ser felices juntos por siempre, pero llega Libra, la balanza que todo lo mide. Pondera nuestra felicidad y la encuentra deficitaria, y cuando nos hayamos tristes a causa de esta cuestión... ¡Señor! Escorpio, o escorpión, nos hace dar un salto repentino, pues nos pincha por detrás. Todavía nos estamos curando de la herida cuando llega el flechazo, es Sagitario, el arquero, que se está divirtiendo. Mientras estamos arrancándonos el dardo llega Capricornio, o el macho cabrío. Completamente lanzado, llega como un huracán y nos hecha de cabeza lejos de nuestro hogar. Luego Acuario, o el portador de agua, nos arroja su diluvio ahogándonos. Y damos la vuelta completa con Piscis, o los peces, que finalmente nos llevan a descansar.


Herman Melville en Moby-Dick, cap. "El doblón", 1851.
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