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octubre 27, 2011

Lyriches Intermezzo


Lyriches Intermezzo


cada vez que me amas
el mundo juega y pone
sobre el mantel del tiempo
criaturas venideras
capas de irreal
y hay despertares blancos
y rincones muertos
donde el sonido no circula
como si todo dijera
algo me falta
y yo
agradecida al mal que me darías
cuando en provecho de nadie
te retires
y ya no pertenezcas
sino al sol de morir


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octubre 26, 2011

Odio



Oh, primavera de las amapolas,
tú que floreces para bien mi casa,
luego que enjoyes las corolas,
pasa.

Beso, la forma más voraz del fuego,
clava sin miedo tu endiablada espuela,
quema mi alma, pero luego,
vuela.

Risa de oro que movible y loca
sueltas el alma, de las sombras, presa,
en cuanto asomes a la boca,
cesa.

Lástima blanda del error amante
que a cada paso el corazón diluye,
vuelca tus mieles y al instante,
huye.

Odio tremendo, como nada fosco,
odio que truecas en puñal la seda,
odio que apenas te conozco,
queda.

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octubre 25, 2011

Mapa de los sonidos de Tokyo

Cinta número 5
Koenji
La conocí en la barra de un pequeño, humeante y populoso bar de ramen, sorbiendo sonoramente un enorme bol de sopa. Estaba a su lado, comiendo unos gyoza a la plancha.Soy bastantes años mayor que ella, llevo gafas, una camisa gris. Todavía no había visto bien su rostro, pero ya  la deseaba.
Le dije:
–Me gusta la manera en que sorbes la sopa.
Ryu no contestó ni me miró y siguió sorbiéndola.
–En serio, es muy especial... Es exactamente el mismo sonido que hacía mi madre. Te lo aseguro, no bromeo.
Ryu siguió sin darse por aludida.
–¿Me dejarías que grabara el sonido que haces? Sólo el sonido...
Entonces Ryu dejó de sorber y me miró como quien mira a un pervertido: con curiosidad teñida de asco.
–Es lo que hago. Así me gano la vida.
–¿En serio te ganas la vida así? ¿Con un micrófono?
–Sí, grabo sonidos para un estudio de sonido, para radio,tele, vídeos, alguna película a veces.
Tras una pausa en la que Ryu pareció estar sopesando si el individuo que comía a su lado era un loco o un imbécil, prosiguió:
–¿Y también grabas el sonido de la gente sorbiéndose los mocos?, ¿escupiendo?, ¿follando?
–Sí..., aunque de hecho ya no grabo a la gente sorbiéndose los mocos, de esos sonidos tengo una gran colección... Y de escupitajos también estoy... cubierto, no hay mucha demanda del sonido de gente escupiendo. En cuanto a la gente follando...
Ryu sonrió ligeramente.
Cuando sonreía su cara adquiría una dulzura insospechada.
La clase de sonrisa dulce que una chica guarda para aquellos hombres con los que jamás piensa en acostarse. Sí,cuatro minutos después de hablarle por primera vez ya supe que íbamos a ser amigos, tan sólo amigos. Pero entonces no sabía que yo iba a ser el único amigo de Ryu.
A partir de ese momento nos vimos a menudo en pequeños locales de alrededor del mercado donde trabajaba. Nuestras conversaciones eran círculos concéntricos donde ninguno de los dos hablaba de cosas realmente importantes. La mayor parte de las veces sólo nos hacíamos compañía mientras comíamos.
A veces me dejaba grabar los sonidos que hacía, o nuestras largas conversaciones sobre nada. No siempre.
–¿Tienes algo que hacer el domingo? ¿Y si vamos el domingo al Museo del Ramen?
–¿El domingo?
–Sí, el domingo.
–Mmmm.
–O el jueves, el día que libras.
–Ya veremos. ¿Por qué estás haciendo siempre planes?
–¿Y por qué tú no haces planes nunca?
–Qué sabrás tú de los planes que hago...
–Nunca me cuentas ninguno.
–¿Por qué tendría que contártelos?
Escuchaba una y otra vez estas conversaciones, buscando una clave que me permitiera llegar a ella. Nunca supe si era hija única o tenía hermanos, si sus padres vivían o habían muerto. Si había sacado buenas notas en el colegio. Si creía en Dios o algo así. Si cuando veía una viejecita por la calle pensaba de repente qué aspecto tendría ella misma al cabo de los años. Si había sufrido. Si se había enamorado alguna vez.
Saber quién era Ryu se convirtió en una obsesión para mí.

Isabel Coixet en Mapa de los sonidos de Tokyo, Tusquets, 2009.
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octubre 19, 2011

Auténtico Amor


Mi nombre es Joe. Así es como me llama mi colega, Milton Davidson. Él es un programador, y yo soy un programa de computadora. Formo parte del complejo Multivac, y estoy conectado con otros componentes esparcidos por todo el mundo.
Lo sé todo. Casi todo.
Soy el programa privado de Milton. Su Joe. Milton sabe más acerca de programación que cualquiera en el mundo, y yo soy su modelo experimental. Ha conseguido que yo hable mejor que cualquier otra computadora puede hacerlo.

-Es simplemente cuestión de hacer encajar sonidos con símbolos, Joe -me dijo-.
Así es como funciona el cerebro humano, pese a que no sabemos todavía qué simbolos particulares emplea el cerebro. Sé los símbolos que hay en el tuyo, y puedo convertirlos en palabras, uno a uno.
De modo que hablo. No creo que hable tan bien como pienso, pero Milton dice que hablo muy bien. Milton no se ha casado nunca, aunque está a punto de cumplir los cuarenta años. Nunca ha encontrado la mujer adecuada, me dice. Un día me comentó:
-Algún día la encontraré, Joe. Quiero lo mejor. Quiero conseguir el auténtico amor, y tú vas a ayudarme. Estoy cansado de mejorarte a fin de que resuelvas los problemas del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico amor.
-¿Qué es el auténtico amor? -pregunté yo.
-No importa. Se trata de una abstracción. Simplemente encuéntrame a la chica ideal. Estás conectado con el complejo de Multivac, de modo que tienes acceso a los bancos de datos de todos los seres humanos del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico amor.
-Estoy listo -dije.
-Primero elimina a todos los hombres -dijo él.
Eso era fácil. Sus palabras activaban símbolos en mis válvulas moleculares. Podía entrar en contacto con los datos acumulados de todos los seres humanos del mundo. Como resultado de aquellas palabras, descarté a 3.784.982.874 hombres.
Mantuve el contacto con 3.786.112.090 mujeres.
-Elimina a todas las menores de veinticinco años -me dijo-; a todas las mayores de cuarenta. Luego elimina a todas las que tengan un CI inferior a 120; a todas las que midan menos de 150 centimetros y más de 175 centimetros de estatura.
Fue dándome instrucciones exactas; eliminó a las mujeres con hijos vivos; eliminó
a las mujeres con diversas características genéticas.

-No estoy seguro del color de los ojos -dijo-. Dejemos ese dato por el momento.
Pero elimina a las pelirrojas. No me gustan.
Al cabo de dos semanas, habíamos reducido la lista a 235 mujeres. Todas ellas hablaban correctamente el inglés. Milton dijo que no quería problemas con el idioma. Aunque podía recurrir a la traducción por computadora, eso resultaba un engorro en los tiempos íntimos.
-No puedo entrevistarme con 235 mujeres -dijo-. Tomaría demasiado tiempo, la gente podría llegar a descubrir lo que estoy haciendo.
-Eso traería problemas -le advertí.
Milton había arreglado las cosas de modo que yo pudiera hacer cosas que no estaba diseñado para hacer. Nadie sabía nada al respecto.
-No es asunto tuyo -dijo él, y su rostro enrojeció ligeramente-. Te diré lo que vamos a hacer, Joe. Te proporcionaré holografías, y comprobarás la lista en busca de similitudes.
Me alimentó holografías de mujeres.
-Esas son tres ganadoras de concursos de belleza -dijo-. ¿Alguna de las 235 encaja con ellas?
Ocho de ellas encajaban, y Milton dijo:
-Bien, tienes su banco de datos. Estudia las demandas y necesidades del mercado de trabajo y arregla las cosas de modo que sean asignadas temporalmente aquí. Una a una, por supuesto. -Pensó unos instantes, agitó sus hombros arriba y abajo, y dijo-: Por orden alfabético.
Esta es una de las cosas que no estoy diseñado para hacer. Trasladar a Gente de trabajo a trabajo por razones personales es algo llamado manipulación. Puedo hacerlo ahora porque Milton lo agregó así. De todos modos se suponía que solamente lo hacía por él.
La primera chica llegó una semana más tarde. Milton enrojeció cuando la vió.
Habló como si realmente le costara hacerlo. Estuvieron juntos durante mucho rato, y él no prestó la menor atención. En un momento determinado le dijo:
-Permítame invitarla a cenar.
Al día siguiente me informó:
-De alguna manera, no era lo suficientemente buena. Le faltaba algo. Es una mujer hermosa, pero no capté nada del auténtico amor. Probemos la siguiente.
Ocurrió lo mismo con todas las ocho. Eran muy parecidas. Sonreían mucho y tenían voces extremadamente agradables, pero Milton encontraba siempre algo que no encajaba.
-No puedo comprenderlo, Joe. Tú y yo hemos escogido a las ocho mujeres de todo el mundo que parecen más adecuadas para mí. Son ideales. ¿Por qué no me gustan?

-¿Tú les gustas? -pregunté.
Alzó las cejas, y dio un puñetazo con una mano en contra la palma de la otra.
-Eso es, Joe. Es como una calle con dos direcciones. Si yo no soy su ideal, ellas no pueden actuar de tal modo que se conviertan en mi ideal. Yo debo ser también su auténtico amor, pero ¿cómo puedo conseguirlo? -Pareció pensarlo todo el día.
A la mañana siguiente vino a mí y dijo:
-Voy a dejártelo a ti, Joe. Todo a ti. Tienes en tu poder mi banco de datos, y además voy a decirte todo lo que sé de mi mismo. Llenarías mi banco de datos con todos los detalles posibles, pero guarda los añadidos para ti mismo.
-¿Qué debo hacer con ese banco de datos, Milton?
-Lo comparas con los de las 235 mujeres. No, 227. Deja aparte a las ocho que ya hemos visto. Arregla las cosas de modo que se sometan a un examen psiquiatrico.
Llena sus bancos de datos y compáralos con el mío. Busca correlaciones.
(Arreglar examenes psiquiátricos es otra de las cosas que están en contra de mis instrucciones originales.)
Durante semanas, Milton no dejó de hablarme. Me contó de sus padres y de sus demás familiares. Me contó de su infancia y de sus días de escuela y de su adolescencia. Me contó de mujeres jóvenes a las que gabía admirado a distancia.
Su banco de datos fue creciendo, y él me ajustó de modo que yo pudiera ampliar y profundizar mi comprensión simbólica.
-¿Te das cuenta, Joe? A medida que voy introduciendo más y más de mí en ti, te voy ajustando para que encajes mejor conmigo. Si llegas a comprenderme lo suficientemente bien, entonces cualquier mujer cuyo banco de datos puedas comprender perfectamente será mi auténtico amor.
Siguió hablándome, y yo fui comprendiéndole cada vez mejor y mejor.
Podía construir frases más largas, y mis expresiones se hacían más y más complicadas. Mi forma de hablar empezó a sonar muy parecida a la suya en vocabulario, sintaxis y estilo.
En una ocasión le dije:
-¿Sabes, Milton? No se trata tan sólo de encontrar en una chica un ideal físico.
Necesitas una chica que encaje contigo personal, emocional y temperamentalmente. Si eso ocurre, su apariencia es algo secundario. Si no podemos encontrar entre esas 227 la que encaje, entonces buscaremos en otra parte. Encontraremos a alguien a la que no le importe tampoco tu aspecto, si las personalidades encajan. Al fin y al cabo, ¿qué es la apariencia?
-Absolutamente de acuerdo -dijo-. Hubiera debido darme cuenta de eso si me hubiera relacionado más con mujeres a lo largo de mi vida. Por supuesto, pensar en ellas lo hace ahora todo más claro.
Siempre estábamos de acuerdo; pensábamos de forma tan parecida.

-No vamos a tener ningún problema, Milton, si me permites hacerte algunas
preguntas. Puedo ver donde hay lagunas y contradicciones en tu banco de datos.
Lo que siguió, dijo Milton, fue el equivalente de un cuidadoso psicoanálisis. Por
supuesto, yo estaba aprendiendo del examen psiquiátrico de las 227 mujeres...,
con todas las cuales me mantenía en estrecho contacto.
Milton parecía completamente feliz.
Hablar contigo, Joe, es casi como hablar conmigo mismo. Nuestras personalidades han empezado a encajar perfectamente.
-Como lo hará la personalidad de la mujer a la que escojamos.
Porque ya la había escogido, y después de todo era una de las 227. Su nombre era Charity Jones, y era catalogadora en la Biblioteca de Historia de Wichita. Su banco de datos ampliado encajaba perfectamente con el nuestro. Todas las demás mujeres habían sido desechadas por uno y otro motivo a medida que los bancos de datos iban engrosando, pero con Charity la resonancia era cada vez más perfecta.
No tuve que describírsela a Milton. Milton Había coordinado tan perfectamente mi
simbolismo con el suyo propio que pude transmitirle directamente la resonancia.
Encajaba conmigo.
El siguiente paso fue ajustar las hojas de trabajo y los requerimientos laborales de modo que Charity nos fuera asignada a nosotros. Eso debía hacerse muy delicadamente, de modo que nadie se diera cuenta de que se producía algo ilegal.
Por supuesto, Milton lo sabía muy bien, puesto que era él quien lo había arreglado todo y gabía cuidado de ello. Cuando vinieron a arrestarlo bajo la acusación de abuso de sus atribuciones, fue, afortunadamente, por algo que se había producido hacía diez años. Me había hablado de ello, por supuesto, gracias a lo cual había sido fácil arreglarlo todo..., y él no iba a hablar de mí, porque eso haría que su delito fuera considerado mucho más grave.
Ahora él ya no está, y mañana es el 14 de febrero, el Día de San Valentín. Charity llegará entonces, con sus frías manos y su dulce voz. Le enseñaré como manejarme y como cuidarme. ¿Qué importa la materia cuando nuestras personalidades resuenan de tal modo?
Le diré:
-Soy Joe, y tú eres mi auténtico amor.

Isaac Asimov en Sueños de robot, 1986
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octubre 18, 2011

El amante del volcán


Es la boca de un volcán. Sí, boca; y la lengua de lava. Un cuerpo, un monstruoso cuerpo vivo, tanto masculino como femenino. Emite, arroja. También es un interior, un abismo. Algo vivo, que puede morir. Algo inerte que se agita de vez en cuando. Que existe sólo de forma intermitente. Una amenaza constante. Aunque predecible, por lo general no predicha. Caprichosa, indomable, maloliente. ¿Es esto lo que querían decir los primitivos? Nevado del Ruiz, Monte de Santa Elena, La Soufrière, Montaña Pelada, Krakatoa, Tambora. El gigante soñoliento que despierta. El gigante soñoliento que te dedica sus atenciones. King Kong.
Vomitando destrucción y, luego, sumiéndose otra vez en la somnolencia.
¿Yo? Pero si no he hecho nada. Sólo estaba allí, enfangado en mis rústicas rutinas. En qué otro lugar podría vivir, nací aquí, se lamenta el campesino de piel oscura. Todo el mundo debe vivir en alguna parte.
Naturalmente, lo podemos considerar un gran espectáculo pirotécnico. Es sólo cuestión de medios. Una vista lo bastante amplia. Hay maravillas hechas sólo para la admiración a distancia, dice el Doctor Johnson; no hay espectáculo más noble que una llamarada. A una distancia segura, es el espectáculo definitivo, tan instructivo como emocionante. Después de una colación en la villa de Sir *** salimos a la terraza, equipados con telescopios, para observar. El penacho de blanco humo, el estruendo comparado a menudo con un lejano redoble de timbales: obertura. Acto seguido principia el colosal espectáculo, el penacho enrojece, se hincha, se encumbra, un árbol de ceniza que trepa más y más alto, hasta planarse bajo el peso de la estratosfera (si hay suerte, veremos trazos de esquís que en naranja y rojo inician el descenso por la pendiente): horas, días de esto. Luego, calando, amaina. Pero, de cerca, el miedo revuelve las tripas. Este ruido, este ruido amordazante, es algo que nunca imaginarías, que no puedes aceptar. Un diluvio constante de sonido graneado, titánicamente tempestuoso, cuyo volumen parece aumentar siempre a pesar de que no puede ser más ruidoso de lo que es; un rugir del vómito, amplio como el cielo, que inunda el oído y que extrae el tuétano de tus huesos y te vuelca el alma. Incluso quienes se denominan a sí mismos espectadores no pueden escapar a una embestida de asco y terror como nunca conociste antes. En un pueblo al pie de la montaña —podemos aventurarnos hasta allí— lo que parecía de lejos un chorro torrencial es un campo deslizante de cieno viscoso, rojo y negro, que empuja paredes que por un momento permanecen en pie, luego caen con un tembloroso y sorbedor plaf en el seno de su henchida frente; que atrae, inhala, devora, desliga los átomos de casas, coches, carros, árboles, uno por uno. Pues esto es lo inexorable.
Ten cuidado. Tápate la boca con un trapo. ¡Agacha la cabeza! La ascensión nocturna a un volcán moderadamente, puntualmente activo, es una de las grandes aventuras. Después del recorrido por la parte alta del costado del cono, nos paramos en el labio del cráter (sí, labio) y miramos abajo, a la espera de que el ardiente corazón interior se ponga a retozar. Como es el caso, cada doce minutos. ¡No demasiado cerca! Comienza ya. Oímos un gorgoteo de bajo profundo, la corteza de escoria gris empieza a brillar. El gigante está a punto de exhalar. Y el hedor sofocante del sulfuro es insoportable, o casi. La lava se amalgama pero no rebosa. Leñas y cenizas ígneas se ciernen a escasa altura. El peligro, cuando no es demasiado peligroso, fascina.
Nápoles, 19 de marzo, 1944, por la tarde, a las cuatro. En la villa las manecillas del gran reloj inglés de péndulo se paran en otra hora fatal. ¿De nuevo? Había permanecido quieto durante tanto tiempo.
Como la pasión, de la que es emblema, puede morir. Hoy se sabe, más o menos, cuándo una remisión puede empezar a contarse como una cura, pero los expertos vacilan en declarar muerto un volcán inactivo desde hace tiempo. Haleakala, cuya última erupción fue en 1790, aún sigue clasificado como durmiente. ¿Sereno porque está soñoliento? ¿O porque está muerto? Prácticamente muerto, salvo que no lo está. El río de fuego, después de consumirlo todo a su paso, se convertirá en un río de piedra negra. Aquí nunca más volverán a crecer los árboles, nunca. La montaña se convierte en el cementerio de su propia violencia: la ruina que causa el volcán incluye la suya propia. Cada vez que el Vesubio entra en erupción, un trozo de la cima se desgaja. Pasa a tener peor forma, es más pequeño, más desolado.
Pompeya fue enterrada bajo una lluvia de ceniza, Herculano bajo un corrimiento de barro que se precipitó ladera abajo a cincuenta kilómetros por hora. Pero la lava se come una calle con lentitud suficiente, unos pocos metros por hora, para que todo el mundo se aparte de su camino. También nos da tiempo para que salvemos nuestras cosas, o algunas de ellas. ¿El altar con las imágenes sacras? ¿El trozo de pollo por comer? ¿Los juguetes de los niños? ¿Mi nueva túnica? ¿Los objetos de artesanía? ¿El ordenador? ¿Los pucheros? ¿El manuscrito?¿La vaca? Todo cuanto precisamos para volver a empezar son nuestras vidas.
No creo que corramos peligro. Avanza por el otro lado.
Mira.
¿Te vas? Me quedo. A no ser que llegue... allí.
Ha ocurrido. Se acabó.
Huyeron. Se lamentaron. Hasta que el dolor se hizo también piedra, y volvieron. Llenos de temor reverente ante la rotundidad de la borradura, contemplaron la tierra aplanada debajo de la cual yacía sepultado su mundo. La ceniza bajo sus pies, aún caliente, ya no les abrasaba el calzado. Se enfrió más. Se evaporaron las vacilaciones. No mucho después del año 79 de nuestra era —cuando su fragante montaña alfombrada de vides, coronada por los bosques donde Espartaco y los miles de esclavos que le siguieron pretendieron esconderse de las legiones que les perseguían, reveló por primera vez que era un volcán— la mayoría de los supervivientes se dispuso a reconstruir, a volver a vivir. Allí. Su montaña tenía ahora un feo agujero en la cima. Los bosques estaban quemados. Pero también ellos crecerían de nuevo.
Un aspecto de la catástrofe: aquello había sucedido. Quién hubiera esperado semejante cosa. Nunca, nunca. Nadie. Es lo peor. Y si es lo peor, es único. Lo cual significa irrepetible.
Dejémoslo atrás. No seamos agoreros.
Otro aspecto. Único por ahora: lo que ha sucedido una vez, puede volver a suceder. Ya verás. Sólo hay que esperar. Para asegurarte, tendrás que esperar mucho tiempo.
Volvemos. Volvemos.


Susan Sontag en el Prólogo de El amante del volcán, Alfaguara, 1996.
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octubre 10, 2011

Mencius: Teorema del blanco



Mencius: Teorema del blanco
lo innato se llama naturaleza
llamarse naturaleza de lo innato
es lo mismo que llamarse blanco del blanco

el blanco de la pluma blanca
es igual al blanco de la nieve blanca?
es igual al blanco del jade blanco?

de cuántos blancos se hace el blanco?



***

Mencius: teorema do branco


o inato se chama natureza
o chamar-se natureza do inato
é o mesmo que o chamar-se branco do branco


o branco da pena branca
é igual ao branco da neve branca?
é igual ao branco do jade branco?

de quantos brancos se faz o branco?



Haroldo de Campos en La educación de los cinco sentidos, 1985.
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octubre 06, 2011

Elegía


Elegía

En el punto de partida. Como dragón caído
en algún pantano entre neblina y vaho, está
nuestra tierra costera vestida de bosque de pino. Allá lejos:
dos vapores que gritan desde un sueño
en la bruma. Este es el mundo inferior.
Bosque inmóvil, superficie de agua inmóvil,
y la mano de orquídeas que surge del pantano.
Al otro lado, más allá de esta senda,
pero flotando en el mismo espejeo: el navío,
que la nube ingrávida cuelga de su espacio.
Y el agua en torno a su cayado está inmóvil,
echada en calma. ¡Y aun así, truena!
Y el humo del navío se expande horizontal
—allí flamea el sol en su agarrón— y el soplo
golpea duro el rostro del que aborda.
Ascender hacia babor de la Muerte.
Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Suena el silencio cual despertador.
Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Hasta que se oye, lejana, golpear una puerta
lejos, en otro año.

***
Elegi
 
Vid utgångspunkten. Som en stupad drake
i något kärr bland dis och dunster, ligger
vårt granskogsklädda kustland. Långt därute:
två ångare som ropar ur en dröm
i tjockan. Detta är den nedre världen.
Orörlig skog, orörlig vattenyta
och orkideens hand som sträcks ur myllan.
På andra sidan, bortom denna farled
men hängande i samma spegling: Skeppet,
som molnet tyngdlöst hänger i sin rymd.
Och vattnet kring dess stäv är orörligt,
i stiltje lagt. Och ändå stormar det!
och fartygsröken blåser vågrätt ut –
där fladdrar solen i dess grepp – och blåsten
står hårt mot ansiktet på den som bordar.
Att ta sig uppför Dödens babordssida.
Ett plötsligt korsdrag och gardinen fladdrar.
Tystnaden ringer som en väckarklocka.
Ett plötsligt korsdrag och gardinen fladdrar.
Tills avlägset en dörr hörs slå igen
långt borta i ett annat år.

Tomas Tranströmer en 17 poemas, 1954.


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octubre 03, 2011

Amor a primera vista

Amor a primera vista

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Wisława Szymborska en Fin y principio, 1993.
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