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enero 25, 2012

Dominio del negro


Dominio del Negro

De noche, junto al fuego,
Los colores de los arbustos
Y de las hojas caídas
Repitiéndose,
Giran en la habitación,
Como las hojas mismas
Girando en el viento.
Si: pero el color de los pesados abetos
Vino a grandes pasos.
Y recordé el llanto de los pavos reales.

Los colores de sus colas
Eran como las hojas mismas
Girando en el viento,
En el viento del crepúsculo.
Pasaron sobre la habitación,
Cuando volaban de la rama de los abetos
Hacia la tierra.
Oí gritar a los pavos reales.
¿Era un grito contra el crepúsculo?

O contra las hojas mismas
Girando en el viento,
Girando como las llamas
Giraban en el en fuego,
Girando como las colas de los pavos reales
Giraban en inmenso fuego,
Recio como los abetos
¿Lleno del llanto de los pavos reales?
¿O fue éste un grito contra los abetos?

***

Domination of Black

At night, by the fire,
The colors of the bushes
And of the fallen leaves,
Repeating themselves,
Turned in the room,
Like the leaves themselves
Turning in the wind.
Yes: but the color of the heavy hemlocks
Came striding.
And I remembered the cry of the peacocks.

The colors of their tails
Were like the leaves themselves
Turning in the wind,
In the twilight wind.
They swept over the room,
Just as they flew from the boughs of the hemlocks
Down to the ground.
I heard them cry -- the peacocks.
Was it a cry against the twilight
Or against the leaves themselves
Turning in the wind,
Turning as the flames
Turned in the fire,
Turning as the tails of the peacocks
Turned in the loud fire,
Loud as the hemlocks
Full of the cry of the peacocks?
Or was it a cry against the hemlocks?

Out of the window,
I saw how the planets gathered
Like the leaves themselves
Turning in the wind.
I saw how the night came,
Came striding like the color of the heavy hemlocks
I felt afraid.
And I remembered the cry of the peacocks.


Wallace Stevens
Traducción de Cristóbal Sepúlveda-Plaza
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enero 23, 2012

Atlante y Prometeo




a. Prometeo, el creador de la humanidad, a quien algunos incluyen entre los siete Titanes, era hijo o bien del titán Eurimedonte, o bien de Jápeto con la ninfa Clímene; sus hermanos eran Epimeteo, Atlante y Menecio.

b. El gigantesco Atlante, el mayor de los hermanos, conocía todas las profundidades del mar; gobernaba en un reino con una costa escarpada, mayor que Asia y África juntas. Esta tierra llamada Atlántida se hallaba más allá de las Columnas de Heracles y una cadena de islas productoras de frutos la separaba de un continente más lejano no relacionado con los nuestros. Los habitantes de Atlántida canalizaban y cultivaban una enorme llanura central, alimentada con el agua de las colinas que la rodeaban por completo excepto en una brecha frente al mar. También construían palacios y baños, hipódromos, grandes obras portuarias y templos, y hacían la guerra no sólo hacia el oeste hasta el otro continente, sino también hacia el este hasta Egipto e Italia. Los egipcios dicen que Atlánte era hijo de Posidón, cuyos cinco pares de mellizos varones juraron fidelidad a su hermano mediante la sangre de un toro sacrificado en lo alto de la columna, y que al principio eran muy virtuosos y llevaban con buen ánimo la carga de su gran riqueza en oro y plata. Pero un día fueron presa de la codicia y la crueldad y, con permiso de Zeus, los atenienses los vencieron sin ayuda y destruyeron su poder. Al mismo tiempo los dioses enviaron un diluvio que en un día y una noche sumergió a toda la Atlántida, de modo que las obras portuarias y los templos quedaron enterrados bajo un desierto de barro y el mar se hizo innavegable.

c. Atlante y Menecio, quienes se salvaron, se unieron a Crono y los Titanes en su guerra desafortunada contra los dioses olímpicos. Zeus mató a Menecio con un rayo y lo envió al Tártaro, pero perdonó a Atlante, a quien condenó a soportar el Cielo sobre sus espaldas durante toda la eternidad.

d. Atlante era padre de las Pléyades, las Híades y las Hespérides y ha sostenido el Cielo desde entonces, salvo en una ocasión, cuando Heracles le sustituyó temporalmente en esa tarea. Algunos dicen que Perseo petrificó a Atlante convirtiéndolo en el monte Atlas mostrándole la cabeza de la Gorgona, pero olvidan que Perseo era, según la opinión común, un antepasado lejano de Heracles.

e. Prometeo, que era más juicioso que Atlante, previo el resultado de la rebelión contra Crono por lo que prefirió luchar del lado de Zeus, y persuadió a Epimeteo para que hiciera lo mismo. Era, en verdad, el más sabio de su raza, y Atenea, a cuyo nacimiento de la cabeza de Zeus había asistido, le enseñó la arquitectura, la astronomía, las matemáticas, la navegación, la medicina, la metalurgia y otras artes útiles, que él transmitió a la humanidad. Pero Zeus, que había decidido extirpar a toda la raza humana, y sólo la perdonó gracias a la súplica apremiante de Prometeo, estaba irritado por sus crecientes facultades y aptitudes.

f. Un día se produjo en Sición una disputa sobre qué partes de un toro sacrificado se debían ofrecer a los dioses y cuáles se debían reservar a los hombres, y se invitó a Prometeo a actuar como arbitro. Él desolló y descuartizó un toro y luego cosió su piel y formó con ella dos sacos de boca ancha que llenó con lo que había cortado. Un saco contenía toda la carne, pero ésta la ocultó bajo el estómago, que es la parte menos apetecible de cualquier animal; el otro contenía los huesos, ocultos bajo una espesa capa de grasa. Cuando ofreció a Zeus los dos sacos para que eligiera, Zeus, fácilmente engañado, eligió el que contenía los huesos y la grasa (que siguen siendo la porción divina), pero castigó a Prometeo, que se reía de él a sus espaldas, privando a los hombres del fuego. «¡Que coman las carne cruda!», exclamó.


g. Prometeo fue inmediatamente a ver a Atenea y le pidió que lo dejara entrar secretamente en el Olimpo, cosa que ella le concedió. Una vez allí, encendió una antorcha en el carro ígneo del Sol y luego arrancó de éste un fragmento de carbón vegetal incandescente que metió en el hueco formado por la médula de una cañaheja. Luego apagó la antorcha, salió a hurtadillas y entregó el fuego a la humanidad.

h. Zeus juró vengarse. Ordenó a Hefesto que hiciera una mujer de arcilla, a los cuatro Vientos que le insuflaran la vida y a todas las diosas del Olimpo que la adornaran. Y envió a esa mujer, Pandora, la más bella jamás creada, como regalo a Epimeteo, bajo la custodia de Hermes. Pero Epimeteo, a quien su hermano advirtió que. no debía aceptar el regalo de Zeus, se excusó respetuosamente. Más enfurecido aún que antes, Zeus hizo encadenar a Prometeo desnudo a una columna de las montañas del Caucase, donde un buitre voraz le desgarraba el hígado durante todo el día un año tras otro; el tormento no tenía fin, porque cada noche (durante la cual Prometeo estaba expuesto al frío y la escarcha) el hígado volvía a crecer hasta estar nuevamente entero.

i. Pero Zeus, poco dispuesto a confesar que se había mostrado vengativo, excusaba su crueldad haciendo circular una falsedad: decía que Atenea había invitado a Prometeo al Olimpo para tener con él un amorío secreto. 

j. Epimeteo, alarmado por la suerte de su hermano, se apresuró a casarse con Pandora, a la que Zeus había hecho tan tonta, malévola y perezosa como bella, la primera de una larga casta de mujeres como ella. Poco tiempo después abrió una caja que según le había advenido Prometeo a Epimeteo, debía mantener cerrada, y en la cual le había costado gran trabajo encerrar todos los Males que podían infestar a la humanidad, como la Vejez, la Fatiga, la Enfermedad, la Locura, el Vicio y la Pasión. Todos ellos salieron de la caja en forma de una nube, hirieron a Epimeteo y Pandora en todas las partes de sus cuerpos y luego atacaron a la raza de los mortales. Sin embargo, la Esperanza Engañosa, a la que también había encerrado Prometeo en la caja, les disuadió con sus mentiras de que cometieran un suicidio general.

Robert Graves en Los mitos griegos, 1958.
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enero 16, 2012

Tilo



Soy maestra en especias.

Domino también el mundo de los minerales, los metales, la arcilla, la arena y la piedra. El de las gemas, con su luz fría y clara. El de los líquidos, cuyos matices se graban en los ojos hasta que no vesnada más. Todo lo aprendí en la isla.

Pero mi amor son las especias.

Conozco su origen y el significado de sus colores y sus aromas. Puedo llamar a cada una por su verdadero nombre, el que recibieron al principio, cuando la tierra se agrietó como piel y lo ofrendó al cielo. Su ardor fluye en mi sangre. Todas obedecen mis órdenes, desde el amchur al azafrán. Me basta con un susurro para que revelen sus propiedades ocultas, sus virtudes mágicas.

Sí, todas poseen magia, incluso las especias corrientes que echáis sin pensar en los guisos diarios.

¿Lo dudáis? ¡Vaya! Habéis olvidado los secretos antiguos que conocían las madres de vuestras madres. Os recordaré uno: si os frotáis las muñecas con semillas de vainilla, previamente reblandecidas en leche de cabra, os protegerán contra el mal de ojo. Y otro: una medida de pimienta, dispuesta en forma de media luna a los pies de la cama, ahuyenta las pesadillas.

Pero las especias que tienen más poder son las de mi tierra natal, país de poesía vehemente y plumas de color aguamarina. De cielos crepusculares tan brillantes como la sangre.

Son las que utilizo.

Si os colocáis en el centro de esta habitación y os volvéis despacio, contemplaréis reunidas aquí, en los estantes de mi tienda, todas las especias indias que han existido. Todas, incluidas las que han desaparecido.

Creo que no exagero si digo que no hay ningún otro lugar como éste en el mundo.

***

La tienda sólo lleva un año aquí. Pero ya son muchos los que al verla creen que ha existido siempre.

Comprendo la razón. Doblad la pronunciada esquina de Esperanza, donde paran con un chirrido los autobuses de Oakland, y la encontraréis: perfectamente encajada entre la estrecha puerta enrejada de la Pensión Rosa, todavía renegrida por el incendio del año pasado, y Lee Ying, Reparación de Aspiradoras y Máquinas de Coser, con el cristal astillado entre la R y la e de Reparación. El escaparate está manchado de grasa. Las letras enlazadas que dicen BAZAR DE ESPECIAS tienen un tono pardo terroso desvaído. En el interior, de las paredes veteadas de telarañas cuelgan descoloridas pinturas de los dioses, con sus tristes ojos oscuros. Se apilan cajas metálicas deslustradas hace mucho tiempo, repletas de atta, arroz basmati y masur dal; hileras e hileras de video películas, hasta la época del blanco y negro; piezas de tela teñida en los colores seculares, amarillo para el Año Nuevo, verde para la cosecha, rojo para la fortuna de la desposada.

Y amontonados en los rincones entre bolas de polvo, los deseos exhalados por quienes han estado aquí. Son lo más antiguo de cuanto hay en mi tienda. Porque incluso aquí en América, en esta tierra nueva, en esta ciudad que se ufana de haber nacido prácticamente ayer, deseamos las mismas cosas una y otra vez.

También alimento esa creencia. Porque también parece que yo lleve aquí desde siempre. Cuando los clientes entran agachándose bajo las hojas de mango verde de plástico que cuelgan en la puerta para dar buena suerte, esto es lo que ven: una mujer encorvada de tez color arena vieja detrás de un mostrador de cristal en el que hay mithai, los dulces de su infancia, de la cocina de sus madres. Burfis verde esmeralda, rasgulas blancas como el alba y laddus
de harina de lenteja semejantes a pepitas de oro. Les parece lógico que yo lleve aquí desde siempre, que comprenda sin mediar palabra su añoranza por las costumbres que decidieron dejar atrás cuando eligieron América. Y que comprenda su vergüenza por esa añoranza, que escomo el leve resabio amargo que nos queda en la boca cuando masticamos amlaki para refrescar el aliento.

Ellos no lo saben, claro. Que no soy vieja, que no es mía esta apariencia física que tomé en el fuego de Sampati cuando hice los votos de maestra. Las arrugas y nudosas articulaciones de este cuerpo me pertenecen como al agua las ondas que la rizan. Ellos noven el brillo fugaz que, bajo los párpados, desprenden mis ojos oscuros; y yo no necesito un espejo que me lo muestre, pues los espejos nos están prohibidos a la maestras. Los ojos, lo único que me pertenece.

No. Poseo algo más: mi nombre, que es Tilo, abreviatura de Tilottama, pues me llamaron como a la semilla de sésamo tostada al sol, especia nutritiva. Esto, ellos, mis clientes, no lo saben, ni que antes tuve otros nombres.

A veces, cuando pienso que en este inmenso país ni una sola persona sabe quién soy, me embarga la tristeza, lago de hielo oscuro.

No importa, me digo luego. Es mejor así.

—Recordadlo siempre —nos decía la Anciana, la Primera Madre, cuando nos enseñaba en la isla—. Vosotras no sois importantes. Ninguna maestra lo es. Lo importante es la tienda. Y las especias.


Chitra Banerjee Divakaruni en La señora de las especias, 1997.

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enero 14, 2012

Torso de Apolo arcaico


Torso de Apolo arcaico

No conocemos la inaudita cabeza
en que maduraron sus pupilas. Pero
el torso arde aún igual que candelabro
donde su vista reducida tan sólo

se mantiene y fulge. Si no no podría
cegarte el curvado pecho, ni en el giro
leve del muslo vagara una sonrisa
hacia aquel centro en que gravitara el sexo.

Si no fuera hermosa esta piedra trunca
bajo la caída clara de los hombros,
no luciera así igual que piel de fiera,

ni irisara desde todos los contornos
como una estrella: pues ahí no hay un punto
que no te vea. Has de cambiar tu vida.


***

Archaïscher Torso Apollos

Wir kannten nicht sein unerhörtes Haupt,
darin die Augenäpfel reiften. Aber
sein Torso glüht noch wie ein Kandelaber,
in dem sein Schauen, nur zurückgeschraubt,

sich hält und glänzt. Sonst könnte nicht der Bug
der Brust dich blenden, und im leisen Drehen
der Lenden könnte nicht ein Lächeln gehen
zu jener Mitte, die die Zeugung trug.

Sonst stünde dieser Stein entstellt und kurz
unter der Schultern durchsichtigem Sturz
und flimmerte nicht so wie Raubtierfelle

und bräche nicht aus allen seinen Rändern
aus wie ein Stern: denn da ist keine Stelle,
die dich nicht sieht. Du mußt dein Leben ändern.

Rainer María Rilke en Nuevos poemas.
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enero 13, 2012

La taza de té




Es conocida la historia de Nan-in, un Maestro japonés que vivió en la era Meiji, y lo que le sucedió con un profesor universitario que fue a visitarlo intrigado por la afluencia de jóvenes que acudían al jardín del Maestro.

Nan-in era admirado por su sabiduría, por su prudencia y por la sencillez de su vida, a pesar de haber sido en su juventud un personaje que había brillado en la Corte. Aceptaba en silencio que algunos se sentaran con él al caer de la tarde, pero no debían importunarlo después de la meditación. Entonces, parecía algo serio y hasta hosco, pero no era más que la necesaria readaptación mientras trabajaba en su jardín, pelaba patatas o remendaba la ropa.

El prestigioso profesor se hizo anunciar con antelación haciendo saber que no disponía de mucho tiempo, pues tenía que regresar a sus tareas en la universidad.

Cuando llegó, saludó al Maestro y, sin más preámbulos, le preguntó por el Zen. Nan-in le ofreció el té y se lo sirvió con toda la calma del mundo. Y aunque la taza del visitante ya estaba llena, el Maestro siguió vertiéndolo. El profesor vio que el té se derramaba y ya no pudo contenerse.

- ¿Pero no se da cuenta de que está completamente llena? ¡Ya no cabe ni una gota más!

- Al igual que esta taza, – respondió Nan-in sin perder la compostura ni abandonar su amable sonrisa -, usted está lleno de sus opiniones. ¿Cómo podría mostrarle lo que es el camino del Zen si primero no vacía su taza?

Airado, el profesor se levantó y con una mera inclinación de cabeza se despidió sin decir palabra.

Mientras el Maestro recogía los trozos de porcelana y limpiaba el suelo, un joven se acercó para ayudarle.

- Maestro, ¡cuánta suficiencia! Qué difícil debe de ser para los letrados comprender la sencillez del Zen.

- No menos que para muchos jóvenes que llegan cargados de ambición y no se han esforzado por cultivar las disciplinas del estudio. Al menos, los estudiosos ya han hecho una parte del camino y tienen algo de lo que desprenderse.

- ¿Entonces, Maestro, cual es la actitud correcta?

- No juzgar, y permanecer atento.
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enero 10, 2012

Ex/plicación


Ex/plicación

no hay un
sentido único
en un
poema

cuando alguien
comienza a ex-
plicarlo y
llega al fin
en-
tonces solo queda el
ex
del punto de
partida

fin del camino

(intente otra
vez)

sin salida

***

Ex/plicação

não há um
sentido único
num
poema

quando alguém
começa a ex-
plicá-lo e
chega ao fim
en-
tão só fica o
ex
do ponto de
partida

beco
(tente outra
vez)

sem saída


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